REFLEXIONES DIARIAS (LXVII)

La paremiología es la ciencia que trata sobre los refranes y proverbios, y Alberto Planas era su principal representante. Era el fundador (y único miembro) de la Asociación de Paremiología Española, y lo llevaba con mucho orgullo.

– Buenos días, don Alberto. ¿Lo de siempre?
– A buen entendedor, con pocas palabras basta.

Y se marchaba de la tienda con sus dos barras de pan.

En su trabajo no tenía ningún problema con esta afición. Era profesor de Lengua y sus alumnos estaban acostumbrados a frases del tipo “Martínez, no diga nada si lo que va a decir no es más hermoso que el silencio”, o “Ramírez, si una persona le llama elefante, no le haga caso; si se lo dicen cien, mírese al espejo”, frases que dejaban a sus alumnos de una pieza.

En su vida sentimental, no todo era tan sencillo. Todavía recuerda la conversación que mantuvo con su exmujer:

– Alberto, tenemos que hablar.
– María, dos no discuten si uno no quiere.
– ¡Basta! ¡No lo aguanto más!
– La paciencia es la madre de la ciencia…
– ¡Vete a la mierda! ¡Te he puesto los cuernos con el vecino, para que te enteres!
– Quien promete amor eterno, desconoce los cuernos…

Desde aquel día estaba sólo y con un continuo dolor en la entrepierna.

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REFLEXIONES DIARIAS (LXI)

Frente al espejo, ensayaba seriamente su declaración: “Eres la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida. Alicia, ¿quieres casarte conmigo?”. Incluso se había vestido con su mejor traje, había elegido la corbata más elegante y lucía la mejor de sus sonrisas.

Llevaban poco tiempo juntos, pero Juan necesitaba que la relación diera un paso más allá, necesitaba un compromiso por parte de Alicia y sentir que los dos deseaban seguir el mismo camino.

Minutos antes de las cinco de la tarde, Juan esperaba en su coche frente al trabajo de Alicia. Quería darle una sorpresa y, de hecho, le había asegurado que no podrían quedar, que le había surgido un viaje repentino e inaplazable… En el bolsillo, junto al móvil, una pequeña cajita guardaba el anillo de oro, y un ramo de rosas rojas descansaba sobre el salpicadero.

“Beep, beep, beep…”. La pantalla del móvil se iluminó con un escueto mensaje de texto: “Juan, lo siento, quiero que lo dejemos”.

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REFLEXIONES DIARIAS (L)

Desde que su padre falleció, su madre se encerró en una espiral de soledad y depresión de la que no conseguía escapar. A sus quince años, veía cómo su querida madre envejecía por momentos, volviéndose taciturna y silenciosa.

Por eso, decidió buscarle una cita. La dio de alta en una página de internet para encontrar pareja y, al poco tiempo, la búsqueda dio resultado. Su posible pareja afirmaba ser un hombre maduro, divertido, aficionado al deporte y a la música, y muy cariñoso.

Le sorprendió que su madre aceptara acudir a esa cita a ciegas, pero se alegró por ello. Antes de salir de casa para encontrarse con aquel desconocido, su hija le recordó lo esencial: “Te estará esperando en la barra del restaurante. Irá de negro, con una camisa color salmón”.

Cruzó los dedos, deseando que todo saliera bien, y esperó. Los descruzó cuando vio regresar a su madre acompañada de su hermano mayor, vestido de negro y con su flamante camisa color salmón.

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REFLEXIONES DIARIAS (XLVI)

Sus miradas se encontraron en aquel autobús abarrotado de gente. Dos desconocidos separados por más de cinco metros y quince personas, dos desconocidos para quienes no existía ni el tiempo ni el espacio.

Él se fue aproximando lentamente, esquivando a unos y empujando a otros, mientras ella permanecía quieta, serena e impaciente a la vez, fijos sus ojos verdes en los ojos negros de aquel hombre.

Apenas unos centímetros entre ellos, sus respiraciones agitadas se entremezclaban, sus corazones latían a la par. Los labios femeninos se posaron en los masculinos, sus lenguas se buscaron con desesperación y el mundo desapareció a su alrededor.

Quizás fueron unos pocos segundos, quizás fueron horas, quizás fue la eternidad… Al separar sus labios, la puerta del autobús se abrió. La mujer descendió lentamente, sin mirar atrás…

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