REFLEXIONES DIARIAS (LXIV)

Sin duda, había trabajos que nadie querría hacer, trabajos que nunca estarían bien pagados. Y uno de ellos era el suyo.

Aguantar los rigores del verano, con cuarenta grados a la sombra, vestido con frac y con sombrero, o dar largos paseos por calles y caminos intransitables siguiendo a su presa, eran aspectos que podía llegar a soportar. Pero lo verdaderamente insufrible eran las miradas de los niños. Sobre todo cuando te presentabas en su cumpleaños, siguiendo a su padre, y tu sola presencia hacía que se cortara hasta el merengue de la tarta.

Hoy tenía un nuevo servicio. Vestido impecablemente con su frac, su sombrero y su maletín, allí estaba él, en el velatorio de aquella buena señora, aguantando las miradas de familiares y amigos. Sin duda, había trabajos que nunca estarían bien pagados…

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