REFLEXIONES DIARIAS (LXIII)

Joaquín Gómez llevaba trabajando en el banco quince años y durante los últimos cinco se había ofrecido, voluntariamente, a realizar la declaración de la renta a sus clientes más veteranos, aquellos ancianos y ancianas a quienes los números y, sobre todo, los entresijos de la Agencia Tributaria les mareaban y confundían.

– Señora Amparo, firme aquí. Ya está terminada y lista para presentar. Únicamente tendría que pagar mil doscientos euros, porque le he aplicado las tasas de descuento interterritorial y el baremo Walter Strauss, para que le salga más económico.

– ¡Ay, hijo! ¡Cuánto sabes! ¡Menos mal que te tenemos! ¡A saber cuánto tendríamos que pagar si no la hicieras tú! ¿Te traigo el dinero en efectivo, como siempre?

– Sí, señora Amparo. Así el trámite es más rápido.

Cuando se marchó, Joaquín tiró a la basura la declaración de la señora Amparo.

lxiii– Buenos días, señor Julián. Aquí tengo su declaración…

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REFLEXIONES DIARIAS (XLII)

– Permítame que la ayude, señora.
– ¡Oh! Muchas gracias, hijo.

Y aquel joven tan agradable y educado cargó con las dos pesadas bolsas de la compra hasta la puerta del ascensor.

– ¿A qué piso vas, hijo?
– Al último, ¿y usted?
– Me bajo en el tercero.

Al llegar al tercer piso, se abrieron las puertas del ascensor y el joven volvió a cargar con las bolsas.

– Se las acerco a la puerta. Estas bolsas pesan demasiado para usted.
– No te preocupes, no hace falta, ya me apaño yo sola.
– Deje, deje…, si es sólo un momento.

Y la señora Amparo seguía a aquel joven mientras sacaba del bolso las llaves de su piso.

– Muchas gracias, has sido muy amable.

Al abrir la puerta, lo único que sintió fue un tremendo empujón y un sonoro portazo. En el descansillo, las naranjas y manzanas se mezclaban en el suelo…

XLII

REFLEXIONES DIARIAS (XL)

Sofía llevaba cinco años casada y su matrimonio era una balsa de aceite. Julián era un esposo atento, cariñoso y trabajador. Quizás la única piedra que había en su matrimonio eran los continuos viajes semanales a los que Julián se veía obligado a realizar a causa de su trabajo. Trabajaba de comercial de una empresa tabacalera y todas las semanas se marchaba de martes a viernes, regresando los sábados por la mañana.

A seiscientos kilómetros de distancia, María preparaba la comida. De martes a viernes, su marido regresaba a casa, cansado de sus viajes como representante de una tabacalera.

XL

REFLEXIONES DIARIAS (XXVII)

Cada miércoles por la tarde, aquella pareja reservaba una habitación en el hostal Amores, dando rienda suelta a los sentimientos que habían quedado retenidos durante la última semana.

Las horas se convertían en minutos, los minutos en segundos y los segundos en suspiros.

Pasadas tres horas, de la habitación 309 salía una mujer sonriente y satisfecha, mientras, en el interior, el hombre se colocaba el alzacuellos ante el espejo.

XXVII

REFLEXIONES DIARIAS (XXI)

Julián había cumplido veinticinco años de servicios ininterrumpidos en su empresa, y sus compañeros y jefes decidieron hacerle una fiesta sorpresa. La encargada de la organización fue Marifé, su secretaría y esposa desde hacía más de veinte años.

Contactó con antiguos compañeros que prometieron su asistencia, empleados que habían abandonado la empresa pero que guardaban gratos recuerdos de su ex jefe, compró un reloj y una placa conmemorativa y, sobre todo, supo guardar la sorpresa hasta el momento final.

Mientras Julián se encerraba en su despacho, envuelto en sus quehaceres diarios, el resto de la oficina se agolpaba tras la puerta, en absoluto silencio.

– ¡¡¡Sorpresa!!! – gritaron todos al entrar en el despacho.

A Marifé se le cayó la tarta, el reloj y la placa, cuando vio a la becaria sentada a horcajadas sobre su marido…

 

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DE LA ENVIDIA AL ODIO

envidia

Le tenía envidia y le odiaba. Envidiaba su situación y la admiración que despertaba, pero no podía soportar esa mirada de autosuficiencia, esa sonrisa sarcástica, ese rostro de quien no ha roto nunca un plato. ¿A quién quería engañar?

Él le conocía muy bien y sabía que detrás de aquellos ojos negros se escondía un ser abyecto y miserable. Sabía que aquel aspecto angelical encerraba un sujeto egoísta, egocéntrico y avaricioso.

Le tenía envidia. Sí. Y le odiaba. Mucho. Por eso…, rompió el espejo.