REFLEXIONES DIARIAS (LXIX)

Se miraba en el espejo y veía cómo las canas comenzaban a clarear su cabello. Tendría que ir sin falta a la peluquería. Este mes había echado más horas limpiando y planchando y se lo podría permitir.

– Mamá, en el colegio nos han dicho que vamos a hacer una excursión a una granja.
– ¿Sí?, ¡qué bien!
– ¡Sí! Lo que pasa es que hay que pagar 10 €. ¿Puedo ir?
– ¿Tú quieres ir, hija?
– ¡Sí! Van todas mis amigas, por favor…
– Vale…, pues irás.

Total, se cortaría y teñiría el pelo ella misma, una vez más…

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REFLEXIONES DIARIAS (XXXIX)

Él siempre era el primero en reír ese tipo de bromas machistas, o en hacerlas si se daba la ocasión. Frases como “Las mujeres no saben conducir”, “Mejor, en la cocina” o “Si es que van provocando”, eran habituales entre sus grupos de amigos, frases que siempre acababan con risotadas, palmadas en la espalda y brindis de cervezas.

No le hizo tanta gracia cuando su hija regresó del colegio llorando desconsolada. Un compañero de clase le había tocado los pechos porque “iba provocando”…

XXXIX

REFLEXIONES DIARIAS (XXXII)

– Mamá, en el colegio hay unos cuantos chicos que se meten conmigo.
– Bueno, hijo, seguro que son bromas de compañeros. Si te molestan, no les hagas caso y verás cómo te dejan en paz.
….
– Profesor, unos cuantos alumnos de clase se burlan de mí.
– A ver, Martínez, serán bromas sin importancia. No les hagas mucho caso y se cansarán. No le des mayor importancia.
….
– Señor Director, varios alumnos de clase se meten conmigo, me molestan y no sé qué hacer.
– Martínez, ya tienes una edad en la que tienes que tener más aguante. Seguro que son bromas sin importancia. Gástales tú a ellos alguna de vez en cuando…

Al día siguiente, dejó una nota sobre su escritorio dirigida a su madre, a su profesor y a su director: “Gracias por vuestra ayuda”. Cogió el fusil y las balas que había comprado por internet y se dirigió a su último día de clase.

XXXII

REFLEXIONES DIARIAS (XVII)

Cuando se reunieron para celebrar los dieciocho años de su graduación, los integrantes del afamado curso 1989-1990 comprobaron que los años no habían pasado en balde o, al menos, no de la misma forma para todos. Calvicies más o menos consolidadas, barrigas cerveceras, canas que triunfaban entre aquellos cabellos que un día fueron oscuros…

 

Allí estaba Fermín, el listo de la clase, el de las mejores notas, hoy trabajando de reponedor en unos grandes almacenes; y Marichu, tan elegante como siempre, aunque arruinada por completo; y, cómo no, también estaba Mateo, el juerguista de la clase, el bromista, el que no paraba de meterse con el pobre Maroto, y que hoy trabajaba de comercial para una funeraria. Tampoco faltó el propio Maroto, a quien nadie esperaba, de quien todos se burlaban, “Maroto, hueles a choto”, le decían…

Maroto, quien se había encargado de preparar el ponche que todos sus antiguos compañeros bebían sin cesar…

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AUTÓGRAFOS DE ORO

pluma

La Directora alzó la voz: “¡Se ha cometido un delito gravísimo! Todos sabéis que los robos están castigados con la expulsión, y no nos temblará la mano al hacerlo”.

Los alumnos conocían bien las normas. De hecho, no era la primera vez que un estudiante era expulsado. Pero esta vez era diferente. El robo de aquella pluma de oro había implicado a dos alumnos bien distintos: Jaime Ibáñez, popular, aventajado, buenas notas, excelente atleta; y Manuel López, invisible, inexpresivo, inexistente…

La Directora cumplió su amenaza.

Veinte años después, uno de ellos sonríe y firma autógrafos de oro, y el otro… ¿Quién sabe? Quizás escriba tristes relatos sobre una mesa desvencijada mientras, nostálgico, añora sus días de gloria en el colegio.

NO LO ENTIENDO…

enfadado

–         Mama, ¿por qué siempre tengo que llevar trenzas al cole? Todos se ríen de mí…

–         No les hagas caso. Si se ríen es porque les gusta, o porque les hace gracia, o porque están todos envidiosos, que será lo más seguro. – Contestó la madre mientras continuaba con manos expertas su labor artesanal.

–         ¡Pero es que a mí no me gustan! Además, ¡me haces daño…!

–         ¡Vale ya! ¡Ni una protesta más! Y no muevas la cabeza, que me salen torcidas…

Y así, luciendo aquellas largas trenzas doradas, Antonio cogió su mochila y se marchó enfadado al colegio.