REFLEXIONES DIARIAS (LXIII)

Joaquín Gómez llevaba trabajando en el banco quince años y durante los últimos cinco se había ofrecido, voluntariamente, a realizar la declaración de la renta a sus clientes más veteranos, aquellos ancianos y ancianas a quienes los números y, sobre todo, los entresijos de la Agencia Tributaria les mareaban y confundían.

– Señora Amparo, firme aquí. Ya está terminada y lista para presentar. Únicamente tendría que pagar mil doscientos euros, porque le he aplicado las tasas de descuento interterritorial y el baremo Walter Strauss, para que le salga más económico.

– ¡Ay, hijo! ¡Cuánto sabes! ¡Menos mal que te tenemos! ¡A saber cuánto tendríamos que pagar si no la hicieras tú! ¿Te traigo el dinero en efectivo, como siempre?

– Sí, señora Amparo. Así el trámite es más rápido.

Cuando se marchó, Joaquín tiró a la basura la declaración de la señora Amparo.

lxiii– Buenos días, señor Julián. Aquí tengo su declaración…

REFLEXIONES DIARIAS (XXX)

Cada noche, aquel vagabundo dormía acurrucado a las puertas del Banco Santander, sobre unos sucios cartones y tapado con una manta vieja y amarillenta.

Al despertar, recorrería las calles de la ciudad, una ciudad cruel e inhóspita para aquéllos que, como él, lo habían perdido todo. Comería, si tenía suerte, en algún comedor social, donde le darían algo de sopa y un bocadillo a cambio de unas pizcas de su dignidad.

Al anochecer, regresaría de nuevo a las puertas de aquel banco, del que ya nadie recordaría que fue su director hacía apenas cinco años…

XXX

OTRO ABURRIDO DÍA DE OFICINA

parque

Cada mañana, Javier se arreglaba la corbata frente al espejo y, dando un beso a su mujer y a sus dos hijas, se marchaba a la oficina, con su maletín en la mano derecha y su abrigo en la izquierda.

Cada mañana desde hacía ya tres meses, Javier se sentaba en aquel banco del Retiro, donde colocaba su abrigo y su maletín y dejaba pasar las horas lentamente, observando a las madres con sus pequeños, a los ancianos, a los solitarios, a los perdidos, a los desempleados…

Entre las sombras del parque, escondida y alejada, su mujer le observaba día tras día, secándose las lágrimas, sabiendo que, otra tarde más, él le contaría su monótono y aburrido día de oficina.