REFLEXIONES DIARIAS (LVI)

Como cada martes, Javier salió disparado del instituto hacia la parada del autobús, sin detenerse en despedidas, saludos o bromas de los compañeros. Al llegar a la parada, comprobó desolado que su autobús se acababa de marchar y que el próximo no llegaría hasta quince minutos después.

Sin pensárselo dos veces, se colgó la mochila en la espalda y corrió hacia la boca de metro más cercana. Llegó y consultó la hora: las cinco y media, todavía tenía tiempo suficiente.

Seis paradas de metro, un transbordo y tres paradas más hasta llegar a la estación de cercanías, donde tomaría un nuevo tren hasta su destino final.

Al bajarse del tren, comprobó de nuevo la hora: las seis y diez. ¡No le iba a dar tiempo!

Corrió desesperadamente, esquivando personas, motos y coches, hasta que, finalmente, llegó a su destino. Las puertas de la academia de baile se abrieron en esos momentos y las alumnas comenzaron a salir.

Y la vio. Sus miradas se cruzaron y ella le respondió con una sonrisa mientras se adentraba en el coche de sus padres.

LVI

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REFLEXIONES DIARIAS (XXIII)

Un grupo de niñas charlaba animosamente mientras se ensuciaban el babi de pinturas y acuarelas.

– Mi papá cura a las personas para que no estén malas – decía una.
– Pues el mío les hace casas para que estén dentro y no vivan en la calle – le contestaba la segunda.
– El mío me viene a buscar al cole y luego juega conmigo toda la tarde – dijo la tercera, mientras las demás la miraban con envidia.

 

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REFLEXIONES DIARIAS (XV)

-Señor Julián, ¿ha visto usted a Pepín?
– No, señora María.
– ¡Ay, este niño! Me va a matar a disgustos. Le dije que viniera pronto a comer y mira qué hora es…

La señora María se acercó a la plaza y preguntó al panadero.

– Señor Manolo, ¿ha pasado por aquí Pepín?
– No, señora María. Por aquí no ha venido.
– Haga el favor. Si le ve, dígale que su madre le está buscando.
– No se preocupe, que yo se lo diré.

Al salir de la panadería, se encontró con un hombre al que no había visto nunca.

– Perdone, ¿no habrá visto usted a un niño pequeño, de unos diez años, rubio y con cara de travieso?
– No, señora, pero no se preocupe, seguro que vuelve pronto. Déjeme que la acompañe a su casa.

Y José, a quien sólo una persona llamaba Pepín, acompañó a aquella anciana al que había sido su hogar durante tantos años.

abuela

REFLEXIONES DIARIAS (XI)

– Papá, ¿tienes un momento? Quiero contarte algo.
– Claro que sí, dime.
– Verás… Hay una chica en el instituto que… me gusta bastante.
– ¡Vaya! ¡Qué bien! ¿Y ella lo sabe?
– Es que… no me atrevo. Es preciosa, lista, inteligente, simpática… Me da miedo que me diga que no.
– Por eso no te preocupes. En cuanto te conozca, te aseguro que no te dejará escapar.
– ¡Gracias, papá!

Y dando un sonoro beso a su padre, Lucía se fue al instituto sonriendo, segura de sí misma y de que todo saldría bien.

sombras

REFLEXIONES DIARIAS (VIII)

Cada mañana, María se miraba en el espejo, pensando cómo había desaparecido aquella Miss Costa Blanca de 1995. Lentamente, se vestía con su ropa de cajera y marchaba al supermercado.

A la misma hora, Javier se acicalaba y perfumaba, deseando que, por fin, aquella cajera se fijara en un cliente que todas las mañanas compraba comida preparada… para dos.

cajera

COMO LA PRIMERA VEZ

pareja

Cada tarde, aquella pareja de ancianos baila en su salón al compás de la melodía de un viejo gramófono.

Se conocieron sesenta años atrás en una pista de baile, cuando un joven tímido y balbuceante le pidió a la chica con la sonrisa más dulce que bailara con él. Al unir sus manos supieron que habían unido también sus corazones.

Ahora, tanto tiempo después, cuando las piernas a duras penas sostienen sus desvencijados cuerpos, siguen uniendo sus manos, dejándose llevar por la música.

Hace tiempo que ella no le reconoce, pero eso a él no le importa. Cada tarde, le pide su primer baile, ella le devuelve su sonrisa más dulce y se enamoran como si fuera la primera vez…