REFLEXIONES DIARIAS (LXI)

Frente al espejo, ensayaba seriamente su declaración: “Eres la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida. Alicia, ¿quieres casarte conmigo?”. Incluso se había vestido con su mejor traje, había elegido la corbata más elegante y lucía la mejor de sus sonrisas.

Llevaban poco tiempo juntos, pero Juan necesitaba que la relación diera un paso más allá, necesitaba un compromiso por parte de Alicia y sentir que los dos deseaban seguir el mismo camino.

Minutos antes de las cinco de la tarde, Juan esperaba en su coche frente al trabajo de Alicia. Quería darle una sorpresa y, de hecho, le había asegurado que no podrían quedar, que le había surgido un viaje repentino e inaplazable… En el bolsillo, junto al móvil, una pequeña cajita guardaba el anillo de oro, y un ramo de rosas rojas descansaba sobre el salpicadero.

“Beep, beep, beep…”. La pantalla del móvil se iluminó con un escueto mensaje de texto: “Juan, lo siento, quiero que lo dejemos”.

lxi

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REFLEXIONES DIARIAS (LIX)

– Te toca a ti, Juan, a mí me tocó el mes pasado.
– Ya, pero yo lo hice hace dos meses y me quedé sin vacaciones. No compares, lo mío fue mucho más duro.
– ¡Tú no sabes cómo fue el mes pasado! No podía hacer nada, me sentía como una esclava.
– Pues lo echamos a suertes, si quieres, pero yo no puedo encargarme todo el mes completo, ¡que también tengo que vivir!
– ¡Anda, y yo! ¡Estoy hasta las narices!
– No sé cuánto tiempo aguantaré, te lo juro…
– ¿A cara o cruz?
– Cara.
– Cruz.

Mientras sacaban la moneda, el padre esperaba sentado en la silla de la habitación, sin saber si iría a casa de su hijo o de su hija…

LIX

REFLEXIONES DIARIAS (LIII)

– Papá, ¿cuándo viene mamá?
– María, mamá ha tenido que irse de viaje, pero estará aquí la semana que viene.

La pequeña María pasó la semana haciendo dibujos y dedicatorias para su madre, preparándole una gran sorpresa.

– Papá, ¿hoy viene mamá?
– Sí…, hija, creo que vendrá esta noche.
– ¡Bien! Voy a hacerle otro dibujo.

Y llegó la noche. Al día siguiente, María se despertó pronto.

– ¿Ha venido mamá?
– María…, vino esta noche pero estabas dormida. Te dio un beso y dejó estos regalos para ti. Ha tenido que marcharse otra vez…
– Jo…, ¿y cuándo viene?

El padre secaba una lágrima mientras pensaba una nueva excusa. Todavía era pronto para decirle que su madre les había abandonado.

LIII

REFLEXIONES DIARIAS (IX)

Al despertar, encontró una nota sobre el mueble: “Lo siento, Lucía. No es por ti, es por mi. No te mereces estar con una persona como yo. Adiós”.

Sorprendida, tratando de forzar la salida de alguna lágrima que inmortalizara el momento, Lucía arrugaba la nota que ya tenía preparada: “Pedro, lo siento, pero me voy. No es por ti, es por mí…”

nota

Dolor en la mirada

Como cada día, María seguía la misma rutina. A las cinco de la mañana, sonaba el despertador; una rápida ducha, un café solo bien cargado y a las cinco y media salía de su casa. Treinta minutos después llegaba a la estación, donde, si no había retrasos, conseguía alcanzar el primer tren de la mañana.

En los cuarenta minutos que duraba el trayecto, aún podía dar alguna cabezada reparadora, hasta que, cuando llegaba a su destino, se apeaba y emprendía un nuevo paseo de otros veinte minutos hasta llegar a su destino.

Y allí esperaba. Algunos días la espera era breve, diez o quince minutos, pero había mañanas en los que, por alguna circunstancia, el tiempo se alargaba más allá de la media hora.

Aquella mañana no se dio mal. Diez minutos después de su llegada, Alicia salía de su portal, tan alegre como siempre, despierta, vivaz, con una energía que hacía brillar sus ojos azules en aquel hermoso rostro.

Con su mochila al hombro, caminaba hacia el colegio, adelantando con paso firme a los transeúntes que poblaban las aceras. Una mujer la observaba desde la distancia, escondida entre la multitud, con unos ojos tan azules como los suyos y con el dolor en la mirada de quien abandonó a su hija al nacer.

LA ÚLTIMA MENTIRA

mentira

– Lo siento de verdad, Juan.

– Doctor, dígame la verdad, ¿cuánto tiempo me queda?

– Siendo optimistas…, tres meses.

Tres meses… Tres meses para dejar de ser consciente de su enfermedad y pasar a ser un muerto en vida, seis meses para olvidarse de sus recuerdos, de su vida.

Al regresar a casa, su mujer le estaba esperando.

– Juan, ¿dónde has estado? ¿Cómo es que vienes tan tarde?

– He estado…, he estado hablando con un abogado. María, quiero que nos separemos.

– Pero Juan…, ¡estás loco! ¿A qué viene esto?, ¿qué te ha pasado?, ¿qué ocurre, Juan?

– Nada, María, sólo que… ya… no te quiero.

Sabía que esa mentira sería lo último que recordaría.

PESADILLA

pesadilla

Aquella mañana se despertó empapado en sudor. Había tenido un sueño horrendo, una pesadilla tan real que aún le parecía estar dentro de ella.

Había soñado que su mujer y sus hijas le habían dejado, que se habían marchado lejos, muy lejos, poniendo kilómetros y kilómetros de distancia entre ellos. En el sueño, su mujer le dejaba una escueta nota en la que simplemente le decía adiós, sin motivos, sin desprecios, sin rencores.

Con una tremenda resaca, consiguió ponerse en pie. Frente al espejo del baño contempló su rostro ojeroso y cansado, el rostro de un hombre envejecido, vencido. En el suelo, junto a sus pies descalzos, un papel arrugado dejaba entrever una sola palabra: “ADIOS”.