HISTORIAS DE MÁS (I)

– Mamá, tengo que darte una noticia.
– Dime, hija.
– ¡Estoy embarazada!
– ¡Ay, Ana, hija mía, qué alegría más grande! ¡Me vas a hacer abuela!

Y, entre lágrimas, la madre la cubría de besos y caricias, prometiéndole ser la abuela más cariñosa y pesada que pudiera imaginar.

Al día siguiente, mientras su madre preparaba el desayuno, Ana se acercó de nuevo a ella.

– Mamá, tengo que darte una noticia.
– Dime, hija.
– ¡Estoy embarazada!
– ¡Hija mía! ¡Qué alegría! ¡Voy a ser abuela!

Y así, un día tras otro, Ana alegraba las mañanas de su madre. Breves momentos de felicidad que aquella maldita enfermedad robaría.

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REFLEXIONES DIARIAS (XC)

– Mirad, niños, hoy vamos a jugar a un juego nuevo.
– ¿A cuál, mamá?
– Vamos a jugar a inventarnos sabores.

Los cuatro hijos de María abrieron los ojos, sorprendidos. Paula, la mayor, con sus nueve años, preguntó:

– ¿Y a eso cómo se juega?
– Es muy fácil -respondió su madre-. Cortamos esta barra de pan en rebanadas y nos imaginamos lo que más nos guste para ponerlo encima.
– ¡Yo quiero chocolate! -dijo Mario, el pequeñín.
– ¡Yo un huevo frito! -gritó Rubén.
– Pues yo… -dudó María-, una tortilla de patatas.
– Para mí, un cocido -dijo Paula-.

Y su madre cortaba sonriente los trozos de pan, sabiendo que el pan y su imaginación constituirían toda su cena.

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REFLEXIONES DIARIAS (LXXXIX)

Miguel Martín se sentía muy sólo, sólo y aburrido. Cada mañana viajaba sin un rumbo concreto por las líneas del metro de la ciudad, se sentaba en el mismo asiento y veía las mismas caras somnolientas, tristes, apáticas.

Algunas veces se acercaba a su antigua oficina, donde ya nadie le saludaba, subía aquellas escaleras que tantos años había pisado y llegaba hasta la puerta de su antiguo despacho. Solo, sin compañía, sin nadie con quién hablar.

Y contemplaba lo que había sido toda su vida, y lo hacía desde la distancia, como un espectador ajeno a la historia, y se daba cuenta que su vida había sido anodina, sin sustancia, y cerraba los ojos para no ver, para no sentir.

Regresaba de nuevo a sus viajes en metro, tomando la línea circular para no tener que bajarse en ninguna estación, y sentía cómo las miradas de la gente le traspasaban, cómo le miraban sin llegar a verle. Y Miguel continuaba su viaje sin fin, un día tras otro, vagón tras vagón.

Nadie le recordaba. Nadie echaba de menos a aquel Miguel Martín que falleció diez años atrás…

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REFLEXIONES DIARIAS (LXXXVIII)

Mientras daba un tranquilo paseo por las calles de su ciudad, vio en un escaparate un anuncio que llamó su atención: “Se precisa adulador”.

Picado por la curiosidad, entró en el establecimiento y habló con el dependiente.

– Buenos días.
– Buenos días.
– Quería saber en qué consiste concretamente el trabajo que anuncian en la entrada.
– Bueno, básicamente consiste en hacer la pelota a mi jefe, no habría que hacer nada más.
– ¿Sólo eso?, entonces me interesa…
– Espere aquí, que le aviso para que le haga la entrevista.

Unos minutos después, conoció al Sr. Soriano.

– Buenos días, joven. Seré muy breve. Necesito a alguien que me adule y que me haga la pelota constantemente. Estoy forrado de dinero y lo único que quiero es que me peloteen en todo momento.
– Pues…, yo no tendría ningún problema en hacerlo.
– ¿Y bien?
– Pues eso, que me interesa el trabajo.
– ¿Y…?
– ¿Y…? No le entiendo…
– ¿No tiene nada más que decir?
– Pues…, ¡que es usted un jefe cojonudo!
– ¡¡¡Contratado!!!

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REFLEXIONES DIARIAS (LXXXVII)

No podía retirar la mirada de aquel rostro. Se sentía hipnotizado, sobre todo cuando aquellos ojos se cruzaban con los suyos y mostraban tanto amor sin emitir el más mínimo sonido.

Día tras día iba a verla, pero jamás daba el paso decisivo. Salía de casa con cientos, miles de planes, con ideas de un futuro en el que ella siempre estaba presente, pero regresaba derrotado, sólo y acomplejado, sintiéndose un cobarde sin agallas.

Sus propios amigos le animaban. “Lánzate”, le decían, “hacéis buena pareja”, bromeaban, y él les reía las gracias y se prometía a sí mismo que el día siguiente sería el decisivo.

Y ese día llegó. Pasó la noche dando vueltas y más vueltas en la cama, sin conseguir conciliar el suelo, y se levantó con una sola idea fija en la cabeza: aquél tenía que ser el día.

Como tantas otras veces, se acercó a aquella tienda, cruzó la puerta con paso decisivo y pronunció las palabras adecuadas: “Quiero comprar ese cachorrito”…

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REFLEXIONES DIARIAS (LXXXVI)

¡Los Honky Ponky iban a tocar en las fiestas de su pueblo! ¡No se lo podía creer! Su grupo favorito, sus ídolos…, ¡tan cerca de su casa!

Pero había un pequeño problema. Había suspendido seis asignaturas, y podía ir despidiéndose de salidas, conciertos, amigos, vida… Las notas se las darían el día 28 por la mañana y el concierto se celebraría por la tarde, poco margen para pelotear a sus padres y prometerles que iba a recuperar todo. Habia que buscar otra solución.

Y la encontró. Si el problema eran las notas, habría que conseguir que sus padres no las recogieran, o, al menos, que las recogieran más tarde, una vez pasado el concierto.

Planificó todo con esmero, cuidando al máximo los detalles. El día 28 por la mañana, el coche de su madre no pudo arrancar y la moto de su padre amaneció con las dos ruedas pinchadas. Además, su madre prácticamente no podía salir del cuarto de baño y se encontraba fatal. Probablemente cenó algo que le sentó mal…

– Hijo, me temo que no podremos ir hoy a recoger las notas. Intentaré pasarme mañana.
– No te preocupes, mamá. Acuéstate y ponte buena -dijo con la mejor de sus sonrisas.

El timbre de la puerta sonó en aquel preciso momento, y Lara, la pequeña de la familia, acudió rauda y veloz.

– Mamá, han traído este sobre para ti. Era la profe de Javier. Ha dicho que tenía que pasar por aquí y así te ahorraba el viaje… ¡Javier! ¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras así? ¡¡¡Mamáaaaa!!!

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REFLEXIONES DIARIAS (LXXXV)

Cada miércoles, Julia seguía la misma rutina. Se levantaba a las cuatro y media de la mañana, desayunaba frugalmente un café sólo y una manzana, se duchaba y a las cinco y media tomaba el primer tren que la llevaba a la ciudad. Allí cogía un autobús para, una hora después, llegar a las puertas de la prisión.

Las visitas comenzaban a las ocho, pero Julia siempre llegaba una hora antes. Quería ser la primera de la fila para que, pasados los controles, inspecciones y cacheos, fuera la primera persona a quien viera su hijo. Le llevaba comida, tabaco y algunas revistas, y charlaban de todo lo que se les ocurría: de la gente del barrio, de sus planes de futuro, de la vida en la prisión…, pero jamás del pasado.

Doce años. Doce largos años de los cuales ya había cumplido tres. El juez le condenó por homicidio con agravante de ensañamiento, y sí, hubo homicidio, y también una escoba rota en la espalda de su padre, y un cuchillo clavado en su corazón. Un cuchillo que, minutos antes, su padre había puesto en el cuello de su madre…

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