REFLEXIONES DIARIAS (LXV)

Se conocieron en un chat juvenil de internet y, desde hacía más de dos meses, pasaban largos ratos charlando de todo lo que se les ocurría.

Cuando su madre se acostaba y su padre se encerraba en su despacho a trabajar, lolita2005 iniciaba la conexión. 

Aquella noche, su relación virtual dio un paso más.

Lolita2005: Ya estoy acostada, ¿y tú?
Elgrangatsby: Yo también. ¿Te acuestas con pijama?
Lolita2005: Sí, uno corto, de verano.
Elgrangatsby: Déjame verlo…
Lolita2005: No, que me da vergüenza.
Elgrangatsby: Anda, y yo te enseño el mío.
Lolita2005: ¿También llevas pijama?
Elgrangatsby: No, me acuesto desnudo.
Lolita2005: ¡Jajajaja! ¡Venga! Pero lo enseñamos los dos a la vez.

A dos habitaciones de distancia, en su despacho, Elgrangatsby comenzaba a desnudarse frente a la pantalla de su ordenador.

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REFLEXIONES DIARIAS (LXIV)

Sin duda, había trabajos que nadie querría hacer, trabajos que nunca estarían bien pagados. Y uno de ellos era el suyo.

Aguantar los rigores del verano, con cuarenta grados a la sombra, vestido con frac y con sombrero, o dar largos paseos por calles y caminos intransitables siguiendo a su presa, eran aspectos que podía llegar a soportar. Pero lo verdaderamente insufrible eran las miradas de los niños. Sobre todo cuando te presentabas en su cumpleaños, siguiendo a su padre, y tu sola presencia hacía que se cortara hasta el merengue de la tarta.

Hoy tenía un nuevo servicio. Vestido impecablemente con su frac, su sombrero y su maletín, allí estaba él, en el velatorio de aquella buena señora, aguantando las miradas de familiares y amigos. Sin duda, había trabajos que nunca estarían bien pagados…

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REFLEXIONES DIARIAS (LXIII)

Joaquín Gómez llevaba trabajando en el banco quince años y durante los últimos cinco se había ofrecido, voluntariamente, a realizar la declaración de la renta a sus clientes más veteranos, aquellos ancianos y ancianas a quienes los números y, sobre todo, los entresijos de la Agencia Tributaria les mareaban y confundían.

– Señora Amparo, firme aquí. Ya está terminada y lista para presentar. Únicamente tendría que pagar mil doscientos euros, porque le he aplicado las tasas de descuento interterritorial y el baremo Walter Strauss, para que le salga más económico.

– ¡Ay, hijo! ¡Cuánto sabes! ¡Menos mal que te tenemos! ¡A saber cuánto tendríamos que pagar si no la hicieras tú! ¿Te traigo el dinero en efectivo, como siempre?

– Sí, señora Amparo. Así el trámite es más rápido.

Cuando se marchó, Joaquín tiró a la basura la declaración de la señora Amparo.

lxiii– Buenos días, señor Julián. Aquí tengo su declaración…

REFLEXIONES DIARIAS (LXII)

Después de más de cincuenta años de matrimonio, continuaban paseando de la mano por la calle, como una pareja de jóvenes enamorados. Y es que así era como se sentían.

Todas las mañanas se despertaban con un beso y con cada caricia sentían el mismo placer que cuando eran jóvenes.

En todo este tiempo, no habían estado separados jamás. Ninguna dificultad había conseguido enfrentarlos, ninguna adversidad había hecho mella en su amor.

Es cierto que, en ocasiones, ella no recordaba quién era aquel señor tan agradable, pero eso a él no le importaba…

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REFLEXIONES DIARIAS (LXI)

Frente al espejo, ensayaba seriamente su declaración: “Eres la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida. Alicia, ¿quieres casarte conmigo?”. Incluso se había vestido con su mejor traje, había elegido la corbata más elegante y lucía la mejor de sus sonrisas.

Llevaban poco tiempo juntos, pero Juan necesitaba que la relación diera un paso más allá, necesitaba un compromiso por parte de Alicia y sentir que los dos deseaban seguir el mismo camino.

Minutos antes de las cinco de la tarde, Juan esperaba en su coche frente al trabajo de Alicia. Quería darle una sorpresa y, de hecho, le había asegurado que no podrían quedar, que le había surgido un viaje repentino e inaplazable… En el bolsillo, junto al móvil, una pequeña cajita guardaba el anillo de oro, y un ramo de rosas rojas descansaba sobre el salpicadero.

“Beep, beep, beep…”. La pantalla del móvil se iluminó con un escueto mensaje de texto: “Juan, lo siento, quiero que lo dejemos”.

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REFLEXIONES DIARIAS (LX)

Madrid, mes de junio. Con 37º a la sombra, un grupo de trabajadores se dedica a asfaltar las calles de la ciudad. Entre ellos se encuentra Pedro, sudando a chorros, con la camiseta atada a la cintura y soportando estoicamente el calor, la sed y el cansancio.

En estos momentos es cuando Pedro recuerda con añoranza sus años en la escuela, y se pregunta por qué no siguió los consejos de su tutor Alfonso, que siempre le pidió que no abandonara los estudios. Y recuerda cómo se burlaba de otros compañeros, en especial de Jorge, con sus sempiternas gafas de pasta y sus repetitivos sobresalientes. “Mira el empollón, mira el cuatro ojos”, le decía… Y lo echa de menos…

El sudor esconde por momentos alguna lágrima de dolor, de cansancio, de desesperanza, mientras los coches pasan a su lado, indiferentes, mecánicos. En uno de ellos, un conductor sube el aire acondicionado mientras se coloca sus brillantes gafas de pasta.

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REFLEXIONES DIARIAS (LIX)

– Te toca a ti, Juan, a mí me tocó el mes pasado.
– Ya, pero yo lo hice hace dos meses y me quedé sin vacaciones. No compares, lo mío fue mucho más duro.
– ¡Tú no sabes cómo fue el mes pasado! No podía hacer nada, me sentía como una esclava.
– Pues lo echamos a suertes, si quieres, pero yo no puedo encargarme todo el mes completo, ¡que también tengo que vivir!
– ¡Anda, y yo! ¡Estoy hasta las narices!
– No sé cuánto tiempo aguantaré, te lo juro…
– ¿A cara o cruz?
– Cara.
– Cruz.

Mientras sacaban la moneda, el padre esperaba sentado en la silla de la habitación, sin saber si iría a casa de su hijo o de su hija…

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