REFLEXIONES DIARIAS (LXII)

Después de más de cincuenta años de matrimonio, continuaban paseando de la mano por la calle, como una pareja de jóvenes enamorados. Y es que así era como se sentían.

Todas las mañanas se despertaban con un beso y con cada caricia sentían el mismo placer que cuando eran jóvenes.

En todo este tiempo, no habían estado separados jamás. Ninguna dificultad había conseguido enfrentarlos, ninguna adversidad había hecho mella en su amor.

Es cierto que, en ocasiones, ella no recordaba quién era aquel señor tan agradable, pero eso a él no le importaba…

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REFLEXIONES DIARIAS (LXI)

Frente al espejo, ensayaba seriamente su declaración: “Eres la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida. Alicia, ¿quieres casarte conmigo?”. Incluso se había vestido con su mejor traje, había elegido la corbata más elegante y lucía la mejor de sus sonrisas.

Llevaban poco tiempo juntos, pero Juan necesitaba que la relación diera un paso más allá, necesitaba un compromiso por parte de Alicia y sentir que los dos deseaban seguir el mismo camino.

Minutos antes de las cinco de la tarde, Juan esperaba en su coche frente al trabajo de Alicia. Quería darle una sorpresa y, de hecho, le había asegurado que no podrían quedar, que le había surgido un viaje repentino e inaplazable… En el bolsillo, junto al móvil, una pequeña cajita guardaba el anillo de oro, y un ramo de rosas rojas descansaba sobre el salpicadero.

“Beep, beep, beep…”. La pantalla del móvil se iluminó con un escueto mensaje de texto: “Juan, lo siento, quiero que lo dejemos”.

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REFLEXIONES DIARIAS (LX)

Madrid, mes de junio. Con 37º a la sombra, un grupo de trabajadores se dedica a asfaltar las calles de la ciudad. Entre ellos se encuentra Pedro, sudando a chorros, con la camiseta atada a la cintura y soportando estoicamente el calor, la sed y el cansancio.

En estos momentos es cuando Pedro recuerda con añoranza sus años en la escuela, y se pregunta por qué no siguió los consejos de su tutor Alfonso, que siempre le pidió que no abandonara los estudios. Y recuerda cómo se burlaba de otros compañeros, en especial de Jorge, con sus sempiternas gafas de pasta y sus repetitivos sobresalientes. “Mira el empollón, mira el cuatro ojos”, le decía… Y lo echa de menos…

El sudor esconde por momentos alguna lágrima de dolor, de cansancio, de desesperanza, mientras los coches pasan a su lado, indiferentes, mecánicos. En uno de ellos, un conductor sube el aire acondicionado mientras se coloca sus brillantes gafas de pasta.

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REFLEXIONES DIARIAS (LIX)

– Te toca a ti, Juan, a mí me tocó el mes pasado.
– Ya, pero yo lo hice hace dos meses y me quedé sin vacaciones. No compares, lo mío fue mucho más duro.
– ¡Tú no sabes cómo fue el mes pasado! No podía hacer nada, me sentía como una esclava.
– Pues lo echamos a suertes, si quieres, pero yo no puedo encargarme todo el mes completo, ¡que también tengo que vivir!
– ¡Anda, y yo! ¡Estoy hasta las narices!
– No sé cuánto tiempo aguantaré, te lo juro…
– ¿A cara o cruz?
– Cara.
– Cruz.

Mientras sacaban la moneda, el padre esperaba sentado en la silla de la habitación, sin saber si iría a casa de su hijo o de su hija…

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REFLEXIONES DIARIAS (LVIII)

– ¿Te acuerdas de la entrevista de trabajo que hice hace quince días?
– Sí, ¿qué tal?
– ¡Me han cogido! Empiezo mañana mismo.
– ¡Qué suerte!
– ¡Sí! El horario es bueno, de ocho de la mañana a doce de la noche, y sólo tengo que pagar dos mil euros. Además, me dejan cinco minutos para comer y llevo pañales para no tener que ir al baño.
– ¡Hala! No lo dejes escapar, es un chollo…
– Ya te digo. Tengo que firmar el contrato. ¿A qué día estamos hoy?
– 1 de junio de 2035.

LVIII

REFLEXIONES DIARIAS (LVI)

Como cada martes, Javier salió disparado del instituto hacia la parada del autobús, sin detenerse en despedidas, saludos o bromas de los compañeros. Al llegar a la parada, comprobó desolado que su autobús se acababa de marchar y que el próximo no llegaría hasta quince minutos después.

Sin pensárselo dos veces, se colgó la mochila en la espalda y corrió hacia la boca de metro más cercana. Llegó y consultó la hora: las cinco y media, todavía tenía tiempo suficiente.

Seis paradas de metro, un transbordo y tres paradas más hasta llegar a la estación de cercanías, donde tomaría un nuevo tren hasta su destino final.

Al bajarse del tren, comprobó de nuevo la hora: las seis y diez. ¡No le iba a dar tiempo!

Corrió desesperadamente, esquivando personas, motos y coches, hasta que, finalmente, llegó a su destino. Las puertas de la academia de baile se abrieron en esos momentos y las alumnas comenzaron a salir.

Y la vio. Sus miradas se cruzaron y ella le respondió con una sonrisa mientras se adentraba en el coche de sus padres.

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