REFLEXIONES DIARIAS (XXXVII)

Se prometió a sí mismo que aguantaría despierto toda la noche. Era el 5 de enero, y aquel año se había portado mejor que nunca: no se había peleado con ninguno de sus hermanos, había sido obediente, e incluso había sacado un notable en matemáticas. Por eso, estaba seguro de que este año, por fin, tendría su bicicleta. Era lo único que había pedido en su carta a los Reyes Magos.

La casa estaba en completo silencio. Sus hermanos dormían plácidamente, ¡cómo eran capaces! Su madre se había acostado pronto y sólo quedaba él de guardián nocturno, dispuesto a ver cómo sus adoradas Majestades le dejaban su querida bici. Tendrían que subir cuatro pisos sin ascensor…

A las cuatro de la mañana, casi vencido por el sueño, escuchó ruidos en el salón. Saltó de la cama y, desilusionado, descubrió que era su padre, que regresaba borracho una noche más.

A la mañana siguiente, sólo las guirnaldas decoraban aquel escuálido árbol de navidad.

XXXVII

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