REFLEXIONES DIARIAS (XXXI)

Despertaban a las siete de la mañana y formaban prestos y dispuestos al pie de sus camas, mientras aquel hombre de aspecto adusto y serio pasaba revista. Tras comprobar que todo se encontraba conforme a su criterio, se marchaban a compartir un desayuno monótono e insípido.

Realizaban las tareas que tenían encomendadas hasta la hora de la comida, donde podían permitirseuna ligera evasión mental y física. Por la tarde, continuaban con sus quehaceres hasta que, alrededor de las siete, gozaban de un tiempo de descanso. A las ocho y media, cenaban y se acostaban.

Y así transcurrían todos los días, con la misma rutina diaria, salvo que algún afortunado fuera adoptado por una familia.

XXXI

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