REFLEXIONES DIARIAS (XXX)

Cada noche, aquel vagabundo dormía acurrucado a las puertas del Banco Santander, sobre unos sucios cartones y tapado con una manta vieja y amarillenta.

Al despertar, recorrería las calles de la ciudad, una ciudad cruel e inhóspita para aquéllos que, como él, lo habían perdido todo. Comería, si tenía suerte, en algún comedor social, donde le darían algo de sopa y un bocadillo a cambio de unas pizcas de su dignidad.

Al anochecer, regresaría de nuevo a las puertas de aquel banco, del que ya nadie recordaría que fue su director hacía apenas cinco años…

XXX

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