REFLEXIONES DIARIAS (XLII)

– Permítame que la ayude, señora.
– ¡Oh! Muchas gracias, hijo.

Y aquel joven tan agradable y educado cargó con las dos pesadas bolsas de la compra hasta la puerta del ascensor.

– ¿A qué piso vas, hijo?
– Al último, ¿y usted?
– Me bajo en el tercero.

Al llegar al tercer piso, se abrieron las puertas del ascensor y el joven volvió a cargar con las bolsas.

– Se las acerco a la puerta. Estas bolsas pesan demasiado para usted.
– No te preocupes, no hace falta, ya me apaño yo sola.
– Deje, deje…, si es sólo un momento.

Y la señora Amparo seguía a aquel joven mientras sacaba del bolso las llaves de su piso.

– Muchas gracias, has sido muy amable.

Al abrir la puerta, lo único que sintió fue un tremendo empujón y un sonoro portazo. En el descansillo, las naranjas y manzanas se mezclaban en el suelo…

XLII

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