Dolor en la mirada

Como cada día, María seguía la misma rutina. A las cinco de la mañana, sonaba el despertador; una rápida ducha, un café solo bien cargado y a las cinco y media salía de su casa. Treinta minutos después llegaba a la estación, donde, si no había retrasos, conseguía alcanzar el primer tren de la mañana.

En los cuarenta minutos que duraba el trayecto, aún podía dar alguna cabezada reparadora, hasta que, cuando llegaba a su destino, se apeaba y emprendía un nuevo paseo de otros veinte minutos hasta llegar a su destino.

Y allí esperaba. Algunos días la espera era breve, diez o quince minutos, pero había mañanas en los que, por alguna circunstancia, el tiempo se alargaba más allá de la media hora.

Aquella mañana no se dio mal. Diez minutos después de su llegada, Alicia salía de su portal, tan alegre como siempre, despierta, vivaz, con una energía que hacía brillar sus ojos azules en aquel hermoso rostro.

Con su mochila al hombro, caminaba hacia el colegio, adelantando con paso firme a los transeúntes que poblaban las aceras. Una mujer la observaba desde la distancia, escondida entre la multitud, con unos ojos tan azules como los suyos y con el dolor en la mirada de quien abandonó a su hija al nacer.

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