AUTÓGRAFOS DE ORO

pluma

La Directora alzó la voz: “¡Se ha cometido un delito gravísimo! Todos sabéis que los robos están castigados con la expulsión, y no nos temblará la mano al hacerlo”.

Los alumnos conocían bien las normas. De hecho, no era la primera vez que un estudiante era expulsado. Pero esta vez era diferente. El robo de aquella pluma de oro había implicado a dos alumnos bien distintos: Jaime Ibáñez, popular, aventajado, buenas notas, excelente atleta; y Manuel López, invisible, inexpresivo, inexistente…

La Directora cumplió su amenaza.

Veinte años después, uno de ellos sonríe y firma autógrafos de oro, y el otro… ¿Quién sabe? Quizás escriba tristes relatos sobre una mesa desvencijada mientras, nostálgico, añora sus días de gloria en el colegio.

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