DÍA A DÍA

día

Manuel y Carmela discutían por la mañana, por la tarde y por la noche. Discutían por cualquier motivo, por los asuntos más nimios…

– No te has subido bien los calcetines.

– Están bien subidos. Sabes que no me gusta subírmelos hasta arriba.

– Pues así pareces un chaval de 10 años, a tu edad…

– Pues si lo parezco, mucho mejor. ¡Déjame en paz!

Y así continuaban los días, las semanas, los meses, los años… “Le has echado demasiada sal a la sopa”, “Vaya nochecita que me has dado, Manuel, qué concierto de ronquidos”, “Suénate bien”, “No me da la gana…”.

Una mañana, al despertar, Carmela comenzó el día como tantas otras veces:

– Manuel, esta noche duermes en el sofá. ¡Vaya nochecita! Entre los ronquidos y que no has parado de moverte…

– (…)

– ¿No dices nada? Ahora callas y duermes, claro…

– (…)

– ¿Manuel?, ¿Manuel? ¡Despierta!

Pero Manuel no despertó.

Más de cincuenta años de discusiones y reproches finalizaron de golpe aquella mañana.

Carmela se tumbó junto a su marido y, por primera vez en muchos años, sufrió el dolor del silencio…

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