PROMESA CUMPLIDA

promesa

Poco a poco, la noche iba oscureciendo las calles, apenas iluminadas por farolas escuálidas. Mientras, Jaime descansaba sobre su cama, esperando que sus padres se cansaran de ver la televisión y decidieran acostarse. Una vez más, comprobó que en su mochila llevaba todo lo necesario: linterna, zapatillas, gorra…, y su preciado tesoro.

Al fin, sus padres decidieron que ya estaban lo suficientemente cansados y se marcharon a su habitación. La casa quedó en silencio. Sólo se escuchaba, de fondo, el sonido del motor de la nevera, que pronto haría dueto con los ronquidos de su padre, como cada noche…

Las once y cuarenta. Era el momento de hacerlo. Descalzo, salió de su habitación y recorrió los escasos tres metros que le separaban del recibidor. Abrió con suavidad la puerta del pasillo y volvió a cerrarla con toda la delicadeza que a sus trece años podía permitirse.

Como esperaba, su madre había dejado las llaves puestas en la cerradura, por lo que podría salir sin problemas. Todo estaba saliendo tal y como lo había imaginado.

Cerró la puerta de su casa, guardó las llaves en su mochila, se calzó sus zapatillas de deporte y salió disparado por las escaleras, saltando de tres en tres los escalones.

En la calle, el frío de la noche le recordó que debía haber cogido un abrigo. Tan solo llevaba aquella sudadera negra y una camiseta interior, pero ya no había remedio. Tendría que avanzar deprisa, si quería llegar a tiempo.

Atravesó una calle y giró hacia su derecha, buscando el cobijo de la oscuridad. Por suerte, las calles estaban totalmente vacías y no circulaba ni un solo coche.

Con paso decidido y sin notar el frío de la noche, se acercó a un edificio de tres plantas, donde todas las luces estaban apagadas. Miró al frente, apuntó hacia una de las ventanas del piso bajo y, sucesivamente, apagó y encendió la linterna. Tres veces. De pronto, la luz de aquella ventana se encendió.

Acercó un contenedor de basuras a la fachada y, subiéndose encima de él, se situó a escasos centímetros de aquella ventana. Mientras las cortinas se deslizaban por el interior, su pequeño corazón galopaba desbocado. Por fin, la ventana se abrió y una dulce niña de ojos azules le regaló una sonrisa.

–      Jaime, ¡estás loco…!

–      Te prometí que estaría. ¿Qué hora es?

–      Las doce en punto.

–      Entonces, ya te lo puedo dar. ¡Felicidades!

Y sacó de su mochila su preciado tesoro: una foto en la que dos niños sonrientes compartían un helado.

–      ¿La recuerdas? Fue este verano…

–      ¡Jaime…, gracias…!

Jaime ya no sentía el frío, ni la noche, ni la oscuridad…

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