MI PROPIA LAVANDERÍA

 

lavandería

Siempre había pensado que mi vida no estaba destinada a ser consumida trabajando en una oficina, aporreando las teclas de un ordenador, sufriendo a jefes megalómanos a quienes podíamos criticar mientras sorbíamos asquerosos cafés de máquina.

No. Sabía que la vida podía dar mucho más de sí. Y me decidí. Monté mi propia empresa.

Para ello, primero tanteé las opciones que el mercado facilitaba, sopesé pros y contras, analicé gustos y sentimientos de los potenciales consumidores y, finalmente, tomé una gran decisión: abrir mi primera lavandería.

Sé lo que estáis pensando en estos momentos. “¿Una lavandería?, ¿en pleno siglo XXI?, en plena era de la tecnología, en pleno éxtasis de las empresas “punto com”, ¿toda mi ilusión puesta en una lavandería?”.

Pues sí, porque mi lavandería era muy especial.

En primer lugar, en mi lavandería no había lavadoras, ni secadoras, ni enormes máquinas preparadas para engullir todo tipo de ropa. Se podría decir que mi lavandería era minimalista. Tan sólo contaba con una pequeña sala de espera y un sencillo despacho.

Mis clientes eran personas de todo tipo y de todos los estratos sociales, aunque abundaban los hombres y mujeres maduros, de entre cuarenta y cincuenta años, conversadores afables para quienes mi lavandería se convirtió pronto en un agradable lugar de encuentro.

La primera vez que acudían a ella se les notaba nerviosos, inquietos, un tanto inseguros de lo que debían hacer. Pero en cuanto salían de aquel despacho, sus miradas y sus sonrisas dejaban traslucir un increíble sentimiento de felicidad, de desahogo, de pureza.

Pronto, mi lavandería gozó de una increíble fama en todos los mentideros de la ciudad. El boca a boca hizo una gran labor: “A mí me ha encantado”, le decía una señora a otra en la cola de la pescadería. “Y tengo que volver pronto, porque he dejado cosas sin limpiar”.

Por cierto, no os he dicho el nombre de mi empresa: “Lavandería Trapos Sucios”. Hemos dado a conocer un eslogan que ya se ha hecho famoso: “Deje sus trapos sucios en el despacho y…, olvídese de recogerlos”.

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