EL OLVIDO

perdido

Cuando Fran acompañó a David a la oficina de objetos perdidos no podía imaginar la cantidad de cosas que la gente podría llegar a olvidar. Muletas, peluquines, carteras, paraguas, e incluso una dentadura postiza. “¡Cómo hay que estar para que alguien pierda su dentadura postiza!”, le comentó David.

Al regresar a su casa, y como hacía casi todas las noches, pasó por el bar de la esquina, donde su padre dormitaba en una mesa, acariciando la copa de whisky. “Fran, ¿quieres que te eche una mano?”, le comentó Manolo, el dueño. “No, Manolo, no hace falta. Ahora mismo nos vamos, y gracias por todo”.

“Vamos, papá, vamos a casa. Ah, y mañana te traigo tu dentadura postiza…”

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