EL QUE LA SIGUE…

el que la sigue

Era preciosa. Podría contaros mil detalles de su rostro, de su figura, de su talle…, pero no encontraría palabras suficientes que pudieran expresar su hermosura. Preciosa, aunque poco inteligente.

Por eso, a nadie le extrañó que comenzara a salir con aquel guaperas, aquel armario de gimnasio con más músculos que neuronas, aquel chulo de piscina cuyo único bagaje consistía en saber combinar la gomina con los anabolizantes.

Quedaban bien en las fotos, había que reconocerlo, dos bellos especímenes de nuestra raza, dos imágenes de revista, mostrándonos al hombre como el claro ejemplo de que descendemos de las bestias.

Ella era mi sueño, mi deseo, la esperanza de conseguir una vida plena llena de amor, de alegría y, por qué no decirlo, de sexo salvaje y desbocado.

Poco tiempo después de que King Kong y mi bella dama comenzaran a salir juntos, la bestia sufrió un desgraciado e inoportuno accidente… Un conductor “desconocido” le embistió a la salida del gimnasio, dándose a la fuga inmediatamente. Sobre la acera, rodeado de sangre y trozos de dientes, el animal gemía dolorido y se lamía sus heridas.

Como era de esperar, mi princesa no tardó mucho tiempo en abandonar a su suerte al musculitos. Yo sabía que sus piernas no estaban hechas para pasearse por salas de hospital, ni sus preciosas nalgas para sentarse en una incómoda silla, velando a aquel papanatas.

Así que volvía a estar libre, libre de ataduras, libre de imbéciles…, y dispuesta a ser conquistada.

Pero estaba visto que los hados jugaban al parchís con mis sentimientos, y esta vez tocaba ser comido y contarse veinte. Y veinte fueron los novios que pasaron por encima de mí, delante de mis narices, a cuál más horrible y vomitivo, a cual más descerebrado.

Y si fueron tantos los animales que pasaron por los brazos de mi amada, fue también por caprichos del “destino”. Uno tras otro, sufrieron accidentes inexplicables: tres fueron atropellados, cuatro ingirieron sustancias gravemente tóxicas, uno cayó de un cuarto piso “al tratar de entrar por la ventana” (al menos, eso dijo la policía…), cuatro desaparecieron misteriosamente dejando tras de sí una lacónica nota de despedida, dos fueron chantajeados por un “desconocido” que contaba con fotos e imágenes comprometedoras, otros dos fueron enviados “por causas laborales” a provincias remotas… Los tres últimos sencillamente tuvieron miedo, viendo lo que les había ocurrido a sus antecesores.

Y habéis contado bien. Suman diecinueve. El que hace el número veinte es el actual. Un portero de discoteca, rumano, sin papeles, que tristemente acaba de ser denunciado anónimamente ante los Servicios de Inmigración…

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