VIAJE EN METRO

metro

Como cada mañana, me sumergía en la lectura de mi libro mientras soportaba en pie los empujones de aquel abarrotado vagón de metro. Secretarias, vendedoras, amas de casa…, a aquellas horas el género femenino era una agradable y abrumadora mayoría.

Siempre me han gustado las mujeres, he de reconocerlo, y no sólo por su belleza exterior, sino por su sensualidad, por su elegancia, por ser y sentirse deseada incluso en un vagón atestado de gente a las 8 de la mañana.

Aquella mañana prometía ser un día más, tan monótonamente parecido al día anterior, y seguramente que al siguiente. Sin embargo, y a diferencia de otros días, un dulce y absorbente perfume distrajo mi atención.

Siguiendo aquel aroma embriagador, descubrí un sugerente escote que se me ofrecía a dos personas de distancia. Con cierto esfuerzo, mi mirada fue abandonando lentamente aquella volcánica visión para posarse en unos ojos que me observaban directamente, retadores, lascivos.

En aquel momento, poco me importaban las desdichas de Raskólnikov ni sus amores con Sonia, por lo que cerré el libro sin apartar la vista de aquella diosa.

Empujado por una fuerza invisible, me aproximé a aquella mujer de labios esponjosos, brillantes, vestida con una ceñida blusa negra en la que el último botón luchaba por mantenerse firme. Una minifalda oscura que dejaba traslucir unas formas suculentas y unas botas altas con tacón, remataban aquella figura que no dejaba de mirarme.

El vagón continuaba abarrotado, los empujones eran continuos, por lo que apreté mi cuerpo todo lo que pude a su figura. Aquel perfume, aquellos ojos y aquel escote me estaban volviendo loco. Notaba mi sexo duro luchando contra la cremallera del pantalón. La mujer se dio cuenta de mi “enhiesta” situación y sonrió…

Apoyada contra la pared, disfrutaba del momento, saboreaba mi deseo, hasta que decidió pasar a la acción. Disimuladamente, su mano descendió hasta mi entrepierna y con dedos expertos, bajó la cremallera. Lentamente, masajeaba mi pene, mientras su mirada me excitaba aún más… No sé cuánto tiempo estuvimos así, quizás una estación, dos, tres… Sentía que no podía aguantar más, estaba a punto de alcanzar el orgasmo, cuando de repente ella retiró su mano, subió la cremallera y volvió a sonreír. “Lo siento, es mi parada”, me susurró al oído…

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