DÍAS DE OFICINA

maletín

–       Buenos días, cariño.

–       Buenos días.

–       Hoy tengo reunión en la oficina, así que no me esperes para comer, porque seguro que saldré tarde. Ya sabes cómo es el pesado de Martínez…

–       Bueno, pero come algo, ¿eh? Que luego te dan las tantas y, cuando te das cuenta, se te ha pasado la hora y ni comes ni nada.

–       No te preocupes. Me marcho deprisa, que voy a llegar tarde.

Y Javier, arreglándose por última vez la corbata frente al espejo, dio un beso a su mujer y a sus dos hijas, y se marchó a la oficina, con su maletín en la mano derecha y su abrigo en la izquierda.

Mientras, María terminaba de vestir a sus hijas, preparándose para llevarlas al colegio. “Mamá, ¿este es el móvil de papá?”, le dijo su hija Marta mostrándole el teléfono. “Vaya…, se le ha olvidado…, con las prisas… Llamaré a su oficina y le dejaré el aviso”.

–       Bufete Martínez y Esteban. ¿En qué puedo ayudarle?

–       Hola, Teresa. Soy María, la mujer de Javier. Me imagino que aún no ha llegado a la oficina, pero querría que, por favor, le dejarais el recado de que se ha dejado el móvil en casa, para que no se preocupe…

–       Eeeee…, sí…, claro… María, ¿puedes esperar un momento?

–       (…)

–       ¿María? Soy Pedro, ¿cómo estáis?

–       ¡Hola, Pedro! No quería molestarte. Sólo llamaba porque Javier…

–       María, perdona… ¿No está Javier contigo?

–       No…, se marchó a la oficina… ¿Por qué lo preguntas?, ¿qué ocurre?

–       María…, a Javier le despidieron hace quince días…

Explicaciones, excusas, perdones… María no entendía lo que aquella voz le iba diciendo (“… hubo que hacer ajustes…”). Parecía estar viviendo una absurda pesadilla, una pesadilla de la que no podía despertar.

Tras dejar a sus hijas en el colegio, vagó sin rumbo por las aceras de la ciudad, dejando que los pensamientos y las preguntas sin respuesta dirigieran sus pasos. ¿Qué iba a ocurrir a partir de ahora?, ¿cómo se había llegado a esa situación?, y, sobre todo, ¿por qué se lo había ocultado?…

Aquella noche, Javier llegó a casa tan feliz y contento como cualquier otra.

–       ¡Hola, preciosas! Ya estoy en casa…

–       Hola, Javier. ¿Qué tal el día en la oficina? – María bebió agua. Sentía la garganta seca y la voz espesa.

–       Uff…, pesado, pesado. Con los problemas de siempre. Ahora quieren que me encargue de unos clientes nuevos alemanes, y seguramente tenga que viajar a Berlín en unos días…

–       Vaya…, eso es… genial…, –dijo María, mientras una lágrima resbalaba por sus ojos…

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