EL PEAJE

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Cada día recorro cuarenta kilómetros más de lo debido para llegar al trabajo, y otros cuarenta más al regresar a casa. Os preguntaréis si lo hago porque me gusta conducir, o porque tengo un cochazo al que sacar rendimiento, o simplemente porque me gusta el paisaje… Nada de eso.

Y si además os digo que cada trayecto me cuesta unos tres euros de peaje, directamente me llamaréis masoquista.

Pero todo lo entenderíais si conocierais a María. María es un ángel. Y trabaja en el peaje de la autopista de San Rafael, enfundada en una chaquetita amarilla, con su larga melena negra recogida en una coleta y una sempiterna sonrisa insertada en un bello rostro.

La conocí hará unos tres meses, por casualidad. Aquella mañana tenía que realizar unas gestiones en Segovia y decidí atravesar por la autopista, en lugar de recorrer las sinuosas curvas de la carretera del puerto.

Cuando llegué al peaje, no había apenas coches a mi alrededor. Al llegar a la cabina, vi que la pantalla marcaba tres con veinte euros. Busqué el dinero, pero me di cuenta de que sólo llevaba un billete de cincuenta (sí, lo sé, soy poco previsor…). Con la mejor de mis sonrisas, le pedí perdón por no llevar nada suelto, al tiempo que mi mano le acercaba el billete.

Unas manos suaves como el terciopelo cerraron mis dedos en torno al dinero, unos ojos azules electrizantes se posaron en mí y con la más bella mirada me dijo: “Has tenido suerte, eres el pasajero un millón”. Torpe de mí, no supe qué decir ni cómo reaccionar; una sonrisa bobalicona sustituyó a mis palabras y, en silencio, me marché de aquel lugar.

Desde entonces, me levanto una hora antes sólo para disfrutar de esos veinte segundos en su compañía. Jamás le doy el dinero justo, siempre espero el cambio, para sentir cómo sus dedos rozan mi piel y para alargar en lo posible su presencia en mí.

He pasado por el peaje incluso en días en los que no tenía que trabajar, he sufrido madrugones, he alargado la jornada de trabajo sólo para encontrarme con ella… ¿Obsesivo? Quizás, pero mi recompensa es su mirada.

Sé cómo se llama, sé que estudia Bellas Artes y que este trabajo le permite ganar lo suficiente como para pagar su matrícula, sé que le gustaría viajar, París, Londres…, recorrer sus galerías de arte, y sé que le gustan los gatos.

De momento, para mí es suficiente. No sé lo que ocurrirá en un futuro. Sólo sé que me han despedido del trabajo, pero sigo recorriendo cada mañana y cada tarde los kilómetros que me separan de ella, sólo para disfrutar de nuestros veinte segundos juntos.

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