UNA VIDA, UNA RADIO

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A ningún vecino le extrañaba oír cada mañana, a las 9 en punto, los nueve pitidos que, como enormes latidos, anunciaban las señales horarias desde la casa de la señora María. A sus ochenta y ocho años, aquella anciana medio ciega y un poco sorda mantenía sus costumbres y sus rutinas en torno a aquel aparato.

No le gustaba la televisión. “No me creo que esos señores estén ahí dentro”, solía decir. Para ella, la radio era la magia, aquellos concursos radiofónicos, aquellas voces engoladas, las radionovelas con las que se había enamorado…, su vida era la radio.

Por eso, cuando aquel aparato dejó de funcionar, se tumbó en la cama, con la radio sobre su corazón, y esperó…

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