UN NIÑO ESPECIAL

down

Mario era un chico especial. Por lo menos, eso era lo que decía su madre… Tenía casi 30 años, pero todavía era un niño, un niño muy especial.

Con sus gafas sujetas por una cuerda alrededor de su cabeza, tenía un cierto aire intelectual. Cuando se miraba al espejo, le gustaba verse con ese aspecto, con su pelo un tanto escaso sobre su cabeza, sus gafas redondas con su montura dorada… Mario era un poco coqueto y pasaba largos ratos en el baño, peinándose, arreglando el cuello de la camisa… hasta que su mamá le llamaba desde el otro lado de la puerta.

-Mario, date prisa, que vamos a llegar tarde.

Su mamá era la persona a la que más quería en el mundo. También estaba su hermana, Silvia, pero ella era la segunda. Además, algunas veces le hacía bromas que no le gustaban, le escondía sus juguetes…

Pero su mamá era muy buena. Siempre estaba cerca de él, nunca se enfadaba, le ayudaba a atarse los cordones (cuando a él no le salía…), le compraba sus cromos de coches, le llevaba al colegio y le esperaba cuando salía. Era la mejor mamá del mundo…

Mario también tenía muchos amigos. Cuando subía al autobús que le llevaba al colegio, siempre saludaba a Juan, el conductor, a María, la “conductora” (aunque siempre se sentaba al lado de Juan y nunca le había visto conducir…), y luego a todos sus amigos, Iván, Rubén, Sandra, Lucía… que, como él, iban al colegio.

El colegio tenía un nombre un poco largo: “Centro Especial para Niños con Síndrome de Down”. Mario no sabía lo que significaba eso, pero sabía que era un centro especial porque él era un niño especial. Por eso, porque era un niño especial, había tenido que ir tantas veces a los médicos, a que le miraran su corazón, que a veces le dolía un poquito. “Es que lo tienes muy grande”, le decía su madre, pero él no la creía, porque luego siempre le miraba con una sonrisa… Mi mamá siempre me sonreía…

Mario siempre estaba contento. Todos los niños del colegio eran sus amigos, y también tenía amigos no especiales, con los que jugaba algunas tardes en el parque cercano a su casa. Jugaba en los columpios, les enseñaba sus cromos, jugaba al escondite (en eso él era muy bueno, siempre sabía dónde esconderse mejor…), y luego, muchas veces, terminaban comiendo chucherías que había comprado su mamá.

Algunas noches, cuando se acostaba, sonreía y pensaba que tenía mucha suerte en ser un niño especial. No lo cambiaría por nada en el mundo…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s