TRISTE DESPERTAR

despertar

Cada mañana, con el latido del despertador, volvía a su cruda realidad. Los sueños difusos que durante la noche le habían acompañado, se esfumaban y dejaban paso a la triste existencia que desde hacía algunos años (¿o quizás había sido durante toda su vida?) le tocaba vivir.

Era relativamente joven, 51 años, pero en su interior sentía que estaba envejeciendo. Estaba solo, ninguna relación había sido lo suficientemente duradera como para considerarla “estable”, ninguna mujer había sido capaz de soportar su compañía más allá de unos meses. Tenía un carácter difícil, lo sabía, “las manías del solitario”, se decía. Algunas veces se había preguntado el porqué de su eterna soledad, pero no había encontrado o no había querido encontrar respuesta. Siempre la soledad había sido su mejor, fiel y única compañera.

Desde hacía casi 3 años estaba sin trabajo. La antigua fábrica de cerámica en la que había trabajado hasta entonces había cerrado por falta de interés de sus nuevos propietarios. A él, lo despidieron sin más, sin ninguna explicación, a cambio de una injusta indemnización acorde con su injusto despido.

Desde entonces, su vida se limitaba a sobrevivir. Levantándose cada mañana para caminar sin rumbo fijo por la ciudad, aquella ciudad que le ahogaba y le asfixiaba hasta dejarle sin respiración, llena de gente anónima, personas tan lejanas para él como su propia felicidad.

Deambulaba sin dirección, dejando que sus piernas trazasen el recorrido, descansando en bancos, parques, y volviendo a caminar cuando el aburrimiento le perseguía…, un día y otro día…, sin apetito, sin voluntad, sin horizontes…

Aquella mañana era una más de su vida, una mañana fría de invierno. Se asomó a la ventana y observó aquel cielo gris, plomizo, dispuesto a caer encima de la ciudad como un Júpiter enrabietado.

Rutinariamente se acercó al baño. Se lavó la cara con agua fría y se miró al espejo. Esta vez, lo que vio le sorprendió. No era él, era un desconocido, un Dorian Gray avejentado, su propia caricatura… Por primera vez en mucho tiempo sintió pena de sí mismo, se compadeció de su triste vida…, y una simple lágrima resbaló por su mejilla.

De repente, todos los tristes augurios que habían rodeado su vida, sus malas experiencias, sus decadentes amistades, sus pésimos amores, se convirtieron en un peso insoportable sobre sus hombros. Toda su triste vida y, lo que era peor, su insípido futuro se mostró delante de él, y lloró, lloró como nunca lo había hecho, con lágrimas calientes de rabia, con gritos desgarrados de dolor. Estaba cansado, muy cansado…

Se sentó pesada y lentamente sobre el borde de la bañera. Con la mirada perdida, se despojó de su camiseta dejándola caer al suelo. Una simple cuchilla afilada sirvió a su propósito. Con mano firme, seccionó las venas de su mano izquierda, dejando que las gotas de sangre mancharan el suelo del baño.

Poco a poco, se fue sintiendo cada vez más cansado, un dulce sopor le estaba invadiendo y los sueños difusos volvían a ocupar su mente. No más tristezas, no más miedos, no más paseos vacíos. Sólo quería descansar, como cuando era niño y cuidaban de él, sin preocupaciones que alteraran su existencia, sólo descansar…

Sus ojos se fueron cerrando, sus sentidos estaban cada vez más lejanos, y sólo notaba un tibio dolor en el corazón. Su vida se acababa, ponía fin a sus pesadillas, y si de algo se alegró fue de no volver a escuchar el latido agónico del despertador…

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