OTRO ABURRIDO DÍA DE OFICINA

parque

Cada mañana, Javier se arreglaba la corbata frente al espejo y, dando un beso a su mujer y a sus dos hijas, se marchaba a la oficina, con su maletín en la mano derecha y su abrigo en la izquierda.

Cada mañana desde hacía ya tres meses, Javier se sentaba en aquel banco del Retiro, donde colocaba su abrigo y su maletín y dejaba pasar las horas lentamente, observando a las madres con sus pequeños, a los ancianos, a los solitarios, a los perdidos, a los desempleados…

Entre las sombras del parque, escondida y alejada, su mujer le observaba día tras día, secándose las lágrimas, sabiendo que, otra tarde más, él le contaría su monótono y aburrido día de oficina.

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