MARIELA Y SU MUÑECA

muñeca

Érase una vez una niña llamada Mariela que, a sus 10 años, tenía un serio problema: los niños del colegio se burlaban de ella porque estaba un pelín gordita, “rellenita” le decía su madre, “gorda”, “vaca” y “foca” le llamaban sus compañeros de clase.

Mariela era una niña muy buena, muy obediente, estudiosa, que pronto, muy pronto, iba a celebrar su primera comunión. Estaba muy ilusionada, cada mañana miraba y remiraba su vestido, deseando que llegara el próximo domingo en el que (¡por fin!) podría estrenarlo. Se imaginaba dando vueltas y más vueltas, mientras los preciosos volantes de su vestido bailaban con el aire, y se enfundaba sus largos guantes blancos…

El viernes anterior al día de su comunión, Mariela regresó a su casa del colegio llorando desconsoladamente.

–          ¿Qué te pasa, Mariela?

–          ¡Se han reído de mí, mamá! Todos los niños de la catequesis, Carlos, Bea, Mario, Susana… – la pobre Mariela lloraba desconsoladamente -. Me han dicho que no voy a caber en el vestido de la comunión, que estoy muy gorda… ¡Me han insultado, me han empujado…!,

–          Mi niña…, no llores, no les hagas caso. Vas a estar preciosa, vas a ser la niña más bonita de todas las que hagan la comunión, ya verás. No les hagas caso, son sólo unos envidiosos – dijo su madre, tratando de consolarla.

Mariela subió a su habitación, con las lágrimas aún mojando su jersey, sin mirar atrás.

Su madre la vio ascender las escaleras, y decidió que ya había llegado el momento.

Poco rato después, la madre entró en la habitación de Mariela. En sus manos, traía una vieja muñeca de trapo, una muñeca que Mariela no había visto jamás.

–          Mariela, esta muñeca que te traigo se llama “SOESED”. Era de mi abuela, quien se la dio a mi madre, y mi madre me la dio a mí. Aunque la veas tan vieja y tan gastada, tienes que saber una cosa: es una muñeca mágica…

Mariela y su madre permanecieron juntas en la habitación un par de horas. Al salir su madre, Mariela miraba la vieja muñeca con una mezcla de asombro, miedo y deseo.

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Tal y como le había dicho, apuntó en un papel los nombres de aquellos diez niños que se habían burlado de ella en la catequesis. A continuación, debajo de aquellos nombres, escribió lentamente cada una de las palabras que su madre le había hecho memorizar.

Sentada en la cama, con la muñeca sobre sus rodillas, sujetando con sus manos las viejas y desgastadas manitas de Soesed, comenzó a leer aquel papel: “Bea, Carlos, Susana…, siav a ratnemal ol euq siebah ohceh”.

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Al día siguiente, Mariela fue la única niña que pudo hacer la comunión. Al parecer, de los diez niños restantes, seis habían sufrido vómitos y fiebres altas, dos habían sido ingresados por alergias misteriosas, uno se había roto una pierna y Bea, la pobre Bea, sufría una galopante varicela contagiosa…

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