LA REALIDAD

realidad

Martes, 11 de Octubre. 8 de la mañana. Otro día cargado de incógnitas se abre delante de mis narices. ¿Seré capaz de hacerlo? Quizás no, quizás vuelva de nuevo a casa, sombrío, huraño, consciente de mi eterna cobardía.

Dejo correr el agua fría sobre el lavabo. No la toco, no quiero mojarme, no quiero despertar a mi fétida realidad, a esa realidad que me devuelve el espejo y que refleja lo que no soy, un simple, sencillo y triste ser humano.

Como cada mañana, vuelvo a sentir esas increíbles ganas de vomitar. Siento la bilis llegar a mi garganta, empujando por salir, y su sabor ocre y gastado me inunda por completo. Mi cuerpo se rebela. ¿Qué pasó ayer? Apenas recuerdo gran cosa, gente caminando hacia ningún sitio, risas vacías, gestos deformes, copas, whisky, alcohol…

Mi ropa huele a desecho, no recuerdo cuándo fue la última vez que me puse una camisa limpia, aunque, a decir verdad, tampoco recuerdo lo que hice ayer… Creo que ya va siendo hora de que tome una decisión.

Miro mis manos y veo que empiezan a temblar. Este temblor…, ¿seré capaz de hacerlo? Mi mente duda, mis manos tiemblan y, sin embargo, sé que tengo que hacerlo, lo sé….

Lo supe desde hace meses, desde el mismo momento en que me despidieron, cuando aquel cerdo y piojoso me llamó a su despacho y, entre sarcasmos, me dio la esperada noticia. “Le echaremos de menos…” Maldito cabrón…, 20 años en la empresa, 20 largos años sufriendo, tragándome mi dignidad y mi orgullo, guardándome las ganas de gritar, de sacudir tu feo rostro… “Le echaremos de menos”…, no te preocupes, pronto acabará todo…

Salgo a la calle y todo me da vueltas. “Hoy es el día”, lo sé. Siento que mis piernas se ponen en movimiento, autómatas, independientes, sabiendo qué rumbo tomar. Todo mi organismo funciona de forma autónoma, no depende de mí, no quiere que participe, la decisión está tomada…

La gente sigue su camino sin prestarme apenas atención, no soy nadie, sólo un ser invisible dentro de este laberinto. Mis manos siguen temblando, las encierro en los bolsillos, siento algo afilado en su interior, y mis labios resecos fuerzan una extraña mueca.

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11.30 h. El primer whisky sirvió para calmar el temblor de mis manos, y ahora, después de otros 2 más, me siento tranquilo, muy tranquilo. Pensaba que el alcohol me infundiría el valor que me pudiera faltar cuando llegara el momento…, pero me siento bien, extrañamente bien, como si alguien dirigiera mis movimientos desde la distancia.

Quizás sólo sea un títere en todo este espectáculo, quizás alguien esté moviendo las cuerdas de mi vida. Desde luego, si fuese así, me gustaría conocer a ese alguien y decirle unas cuantas cositas… Es posible que incluso me cayese bien; sólo alguien con un fino sentido del humor y con una visión irónica de la vida podría estar dirigiendo mi destino.

¿Dios? Uff, más bien Lucifer, o al menos no ese Dios que me enseñaron en la escuela, ¿verdad, Sor Teresa? Un Dios justo, bondadoso, compasivo…, pues conmigo se ha lucido… O está probando nuevos martirios o es todo un cachondo… Mmmm, creo que el whisky está haciendo efecto…

Todavía tengo tiempo. Hasta dentro de media hora ese cabrón no vendrá a tomarse su café de media mañana, pero esta vez puede que le resulte un poco amargo… No, dejaré que se lo acabe, dejaré que lo saboree, que sea el último placer que tenga en este mundo, que se lleve su café al infierno y lo disfrute durante toda la eternidad.

Mi vida se ha ido a la mierda, ya nada tiene sentido, lo sé, y no me importa. Tengo 47 años, un divorcio a mis espaldas, dos hijos a los que casi ni veo y a los que nada puedo ofrecer. Manos vacías, no hay futuro, no hay salida…, ¿para qué quiero vivir este maldito presente?

Y ese cabrón riéndose a mis espaldas. Jugando con mi vida a la ruleta rusa, echándome a la calle sin importarle una mierda lo que me pase… Pero pronto todo acabará, se hará justicia, al menos MI justicia…

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Estoy sentado en una esquina del bar, de espaldas a la puerta. No le he visto entrar, pero siento su presencia. Mis manos han vuelto a temblar, parece que presienten lo que va a ocurrir, están nerviosas, activas…, los dedos repasan el borde afilado de la navaja…

–       Buenos días, D. José. ¿Lo de siempre?

–       Sí, Manolo, pero ponme la leche calentita, que hace un frío de muerte.

Su voz…, penetra en mis oídos, revuelve mi estómago…, de nuevo esas ganas de vomitar… Apuro de un trago el enésimo vaso de whisky y siento como su calor invade mis entrañas, mis manos se relajan, de repente el tiempo parece detenerse y vuelvo a ser el espectador privilegiado de una vida ajena.

Mis pies se ponen en movimiento, lentamente, sin prisas. Me aproximo a la barra del bar y me coloco a su lado, espalda contra espalda. No me ve, no le veo, pero cada poro de mi piel siente su viscosidad, su repugnante presencia.

Ha llegado el momento. Me giro y veo su espalda frente a mí. ¡Dios, qué asco…! Siento la bilis llegar hasta mis labios y hago un esfuerzo sobrehumano para no vomitar. Mi mano derecha sujeta con firmeza la navaja en el interior del bolsillo, mi mano izquierda se eleva hasta alcanzar su hombro. Tocarle…, será la primera vez que tenga un contacto físico con esta bazofia, pero no será la última…

¿Podré hacerlo? ¿Tendré el valor suficiente…? ¡Dios! ¡Por qué dudo ahora…! Es fácil, sólo un pequeño movimiento, saca la navaja y clávasela en su podrido corazón… Lo has pensado durante tanto tiempo, has vivido este mismo momento en tu cabeza tantas veces… que ahora no puedes permitirte vacilar.

Pero me siento petrificado, de pie, frente a su espalda, la mano derecha en el bolsillo, la izquierda sobre la barra del bar. Noto los latidos de mi corazón bombeando una sangre que parece haberme abandonado. Un líquido viscoso se extiende por el bolsillo de mi abrigo… Es mi sangre, mi mano ensangrentada sigue apretando el filo de la navaja…

Consigo darme la vuelta, de nuevo espalda contra espalda. No siento el dolor de la mano, no siento nada…, sólo un inmenso vacío, una tristeza infinita que me ahoga y que invade mis entrañas. De nuevo las ganas de vomitar…, siento que todo mi cuerpo se estremece con unas arcadas que provienen de lo más profundo de mi interior…

Y vomito, y expulso todas las miserias que me invaden, y el suelo del bar se llena de mi dolor, de mi cobardía, de mi llanto… Siento cómo el dueño del bar me empuja hacia la salida, oigo voces a lo lejos, risas, miradas…, mientras me llevan en volandas hacia la calle. Y me dejo llevar, y dejo que se rían de mí, y siento cómo las lágrimas se mezclan con mi saliva, y rompo a llorar…

Vuelvo a casa, sucio, desgastado, hundido… Me siento en el viejo sofá, y la navaja cae a mis pies. La recojo, aún conserva los rastros de mi sangre seca sobre su hoja, la acaricio… Mañana será otro día. ¿Tendré el valor suficiente…?

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