EL TREN DE LAS 8

tren

Cada mañana, a las 7.50 h., esperaba sentado en el andén a que llegara mi tren. Esta vez dejé pasar uno, dos… y, por fin, pasados unos minutos de las ocho de la mañana, apareció ella, radiante como siempre, con su pelo ondulado y su preciosa mirada.

Llevaba un suéter rojo y unos pantalones vaqueros, y en sus manos llevaba, como todas las mañanas, su libro. Me fijé y seguía siendo el mismo libro de días anteriores: Gigantes de Liliput.

Entramos en el mismo vagón, como siempre, ella apoyada con su mano derecha en la barra mientras con la izquierda sostenía el libro abierto, y yo, a pocos metros de distancia, deleitándome con su perfume, absorto en su presencia.

El vagón estaba atestado de gente, pero para mí no había nadie más. Era ELLA. No sabía su nombre, no sabía quién era, pero no importaba. Era ELLA. La razón por la que me despertaba cada día, la razón por la que odiaba los fines de semana y esperaba ansioso a que llegara el lunes y volviera a coger ese tren…

Mis amigos sospechaban de mí, de mis repentinos cambios de humor, de aquellos momentos en los que parecía totalmente ajeno a ellos, al mundo que me rodeaba. ¡Qué difícil era explicarles lo que me pasaba!, ¡qué difícil tratar de explicar con palabras que mi mundo se reducía a unos simples minutos cada mañana, a unas leves miradas…!

Cada noche me prometía a mí mismo que no dejaría pasar un día más sin acercarme a ella. Deseaba hablarla, oír su voz, mirarla…, pero el miedo me paralizaba, el miedo a no saber qué decir, a que la magia se estropeara…

El tren seguía su camino, pasamos dos, tres estaciones…, Príncipe de Vergara, Núñez de Balboa…, llegábamos a su destino, Avenida de América, y otro día más volvería a sentirme un poco más vacío, un poco más cobarde.

De repente, ella alzó la vista, separó sus preciosos ojos del libro y me miró… Sí, me miró, y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Me paralicé, sentí como si una mano gigante agarrara todo mi ser y no lo dejara moverse. ELLA seguía mirándome…, y una ligera sonrisa se dibujó en su rostro.

Las puertas del vagón se abrieron y la gente comenzó a salir. ELLA se deslizó entre la multitud y poco a poco se perdió en la distancia.

Mientras, yo seguía inmóvil, hipnotizado por su sonrisa, viendo cómo se alejaba por el andén. Cuando por fin conseguí reaccionar, vi que algo brillaba en el asiento. Era su libro. Al cogerlo, una nota resbaló en su interior. La cogí y pude leer: HASTA MAÑANA…

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