EL RITUAL DE UNA MADRE

tumba

Cada mañana, aquella mujer recorría silenciosa las frías y húmedas calles de Teruel, con su vestido negro y su sombrero de fieltro. Atravesaba la desvencijada puerta del cementerio y lentamente, siguiendo un ritual tantas veces ensayado, depositaba sobre una fría tumba diez pétalos de rosas. Permanecía de pie en aquel lugar, ajena al tiempo, insensible al frío y a la lluvia, acariciando con sus dedos la fotografía de un joven, su hijo, mientras sus labios susurraban una breve oración.

Cada mañana, y desde la prudente distancia, aquel joven seguía los pasos de esta mujer, atravesaba tras ella la verja del cementerio, se escondía tras un frondoso sauce y, desde allí, trataba de gritar aquellas palabras que jamás conseguían brotar de sus labios: “Mamá, no he muerto”.

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