EL REGALO DE DUCHARSE UN MARTES

niño

¡Qué raro! No era normal que le obligaran a ducharse un martes. Hasta el próximo sábado no le tocaba, y además tenía que vestirse con el traje de fiesta, aquel traje azul marino que ya le quedaba un poco pequeño.

Mientras se enjabonaba y se frotaba con energía, Jaime trataba de imaginar qué podía haber ocurrido. Sor Marcela no le había dicho nada, simplemente le había mirado con sus ojos secos y le había ordenado que se duchara y se vistiera.

En la salita esperaba un matrimonio joven. Sonrientes y nerviosos, tímidamente se acercaron a él. El perfume de la mujer le envolvió en un tenue sueño, mientras unas dulces palabras resonaron en sus oídos: “Jaime, somos tu nueva familia”…

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