EL PEQUEÑO RUBÉN

pequeño

Cuando llegaba la noche, sus ojos se llenaban de lágrimas. Sus frágiles párpados temblaban mientras el sabor agrio del dolor recorría su garganta. Lloraba y lloraba en silencio, porque a sus escasos 8 años había aprendido bien que no podía molestar a papá o a mamá con “sus lloriqueos”. Las veces que lo había hecho… bueno, no quería recordarlo.

Solo, en la oscuridad, Rubén escuchaba de fondo los gritos de sus padres. Algunas palabras no las había escuchado nunca, como “desgraciado”, “hijo de puta”… pero otras le eran muy familiares, como cuando su madre gritaba “borracho”, “te voy a dejar”…

En sus 8 años de vida había visto muchas peleas entre sus padres, le era difícil recordar algún día de paz y tranquilidad entre ellos… bueno, sí, cuando papá traía dinero a casa, pero eso no era muy frecuente.

Precisamente hoy debería haber sido un día bueno. Papá debería haber traído dinero, mamá debería estar contenta, y él, bueno, él “debería” estar bien.

Pero no. Papá había venido muy tarde y, además, había bebido. Rubén lo sabía porque siempre que bebía subía las escaleras silbando, y ese día sus silbidos atronaban todo el edificio y se clavaban como puñales en sus pequeños oídos, como un triste augurio de tormenta.

Mamá aguardaba su turno en la cocina, ordenando recipientes sin desordenar y fregando vasos limpios, manteniendo sus manos ocupadas para que no interrumpiesen sus alterados pensamientos. Estaba enfadada, muy enfadada, con los ojos brillantes, donde las lágrimas intentaban asomar entre sus negras pestañas, mientras su cara dibujaba esas facciones ásperas que Rubén conocía tan bien, facciones de odio y rencor, de impotencia y desesperanza…

Rubén ya sabía lo que tenía que hacer: desaparecer. Desaparecer tan pronto como pudiera y encerrarse en su habitación, inmóvil, sin hacer ruido, soñando con volverse invisible o, mejor aún, con no existir.

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A la mañana siguiente, el sol resplandecía en lo alto e iluminaba el camino de Rubén hacia la escuela, aquella escuela sencilla y masificada, de ladrillos oscuros y paredes agrietadas. Era un edificio muy antiguo, de aspecto casi desagradable, pero para Rubén era su hogar, un hogar donde encontraba sucedáneos de cariño, frases amables en vez de gritos e insultos, caricias en lugar de golpes…

– Rubén, ¿vas a ir a la excursión? – le preguntaban sus amigos.

– No, no puedo…

Esta respuesta y otras parecidas eran moneda usual para Rubén. “No puedo”, era verdad, y lo más curioso es que ni siquiera se planteaba si quería ir, existía una barrera infranqueable que ni imaginaba poder evitar. Sólo pensar en pedir dinero a sus padres le hacía temblar.

En el colegio, y durante unas cuantas horas lograba evadirse de su abrumadora realidad y jugaba con otros niños de su edad, corría, saltaba, reía… Todo era perfecto, hasta que llegaba la maldita hora y debía volver a casa.

En la salida, multitud de padres y madres esperaban ansiosos cada día a que aparecieran sus hijos y los recibían con un beso, y les llevaban la mochila, y, a veces, les traían algún regalo… Para Rubén todo esto le era desconocido; cada día era igual que el anterior, sin nadie que le esperase, sin nadie que le recibiese, sin besos ni regalos… Al principio, había sentido envidia de los otros niños, pero, poco a poco, esa envidia se había vuelto indiferencia, una oscura y triste indiferencia.

De camino a casa, solo, recorriendo los casi 6 Km. que le separaban, se entretenía buscando flores, las recogía entre sus manos y se sumergía en su olor, olvidándose por un momento de su propia existencia.

Al acercarse a una de ellas, tuvo la mala suerte de enganchar su jersey con una rama, y al intentar separarse, la maldita rama desgarró su desgastado jersey, rompiendo la manga y dejando al aire unos hilos rebeldes y traicioneros.

 

“¡Oh, no!, ahora qué hago, me van a matar”, fueron sus primeros pensamientos, acompañados de una expresión de pánico en su rostro. Se sentó en un banco cercano y trató de no llorar, buscando alguna solución, alguna excusa que fuera creíble no sólo para su mente de 8 años, sino para sus padres. Pero no se le ocurría nada, tenía la mente bloqueada por el miedo y no pensaba más que en lo que le iba a pasar.

Como un autómata, continuó andando hacia su casa, como quien camina hacia el patíbulo, con la cara agachada, los ojos húmedos, la piel lívida y mientras, su mente dibujaba reacciones de su madre, a cuál peor…

Al llegar a su portal y subir las escaleras, se sentía temblar, con las manos en los bolsillos tratando de esconder el agujero del jersey, titubeó unos segundos antes de decidirse a llamar al timbre, pero, al fin, lo hizo…

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Hay momentos en la vida en que la tristeza pasa a ser tu única compañera, tu aliada, se convierte en el inseparable envoltorio que te protege de la desesperanza. No te traiciona, nunca te engaña, y si aprendes a vivir con ella, te limita las alegrías, pero te libera de desengaños.

Para  Rubén, la tristeza vivía en su casa. En cuanto llamaba a la puerta, venía a recibirle, ansiosa de recogerle entre sus brazos. Disfrazada de su madre, su manto oscuro se extendía por todos los rincones de la casa, y hasta se respiraba en el aire un claro olor a penuria y resignación.

Cuando se abrió la puerta, la tristeza cedió puntos ante la ira, y su madre estalló al ver el jersey agujereado, como estalló la bofetada en su pequeño rostro. Gritos y más gritos, amenazas e insultos… Rubén aguantaba los insultos y las bofetadas sin atreverse a soltar un gemido, no fuera su madre a enfadarse más aún.

En cuanto pudo, se sumergió en su habitación, procurando no molestar, no hacerse notar lo más mínimo, ni tan siquiera respirar. Deseaba estar lejos, pulsar un botón y desaparecer, no sentir, no llorar, no quería sufrir más…

Tumbado en la cama boca abajo, dos lágrimas intentaban humedecer la almohada, escapando de sus ojos y recorriendo su pequeña, morena y, ahora, dolorida cara. Buscaba algo en su interior que le permitiera descubrir el porqué, por qué a los demás niños sus padres les llevaban al colegio, por qué los demás niños se iban de excursión, por qué se sentía tan mal sin haber hecho nada malo, por qué sus padres le pegaban…

Pensando en estas cosas, se quedó dormido, presa del nerviosismo y del cansancio acumulado. Sus diminutas zapatillas, algo estropeadas, sus pequeñas manos colgando al borde de la cama, un díscolo mechón cayéndole por la frente… Tan débil e indefenso…

Los sueños eran deliciosos, no porque fueran dulces y agradables, sino porque eran los únicos momentos en los que Rubén se sentía vivo. Soñaba que era un gran héroe, como los que salían en las películas, y siempre ganaba a los malos, y se sentía bien, era querido y admirado por todos, querido y admirado por todos…

De repente, oyó voces que le hicieron despertar. Era su padre hablando con su madre (y no discutiendo), pero lo que más le llamó la atención fue que pronunciaran su nombre. “Rubén… ha roto… maldito niño… se va a enterar”.

A Rubén se le nubló la vista y se mareó. Pensaba en lo que le esperaba cuando se levantase, se imaginaba a su padre golpeándole con el cinturón, riñéndole y gritándole mientras azotaba un golpe tras otro en su débil cuerpo. Mientras pensaba, un líquido caliente se deslizó entre sus piernas, empapando cuanto encontraba a su paso y desembocando en su descolorida sábana.

Aquella mañana se levantó mucho antes de lo habitual, esperando y deseando que sus padres continuasen dormidos cuando él se marchase al colegio. Sin hacer ruido, se vistió, cogió su mochila y desapareció.

Por el camino, no hacía más que pensar en los correazos y en los golpes que le esperaban al volver. Pensaba en el dolor, esa punzada aguda que le reventaba el sentido y se mantenía en su interior, repitiéndose una y otra vez.

No lo soportaba, nunca había podido aguantar el dolor, y eso que había tenido muchas ocasiones de familiarizarse con él.

¡Pobre Rubén! Tenía miedo del dolor cuando el dolor formaba parte de su vida. Le dolía el alma cuando su madre le gritaba, le dolía el estómago cuando tenía hambre y no tenía qué comer, le dolían los gritos que se dirigían sus padres y, sobre todo, le dolían sus miradas de desprecio y rencor, como si él fuese el máximo culpable de sus vergüenzas.

Repasaba su corta vida y siempre llegaba a la misma pregunta: ¿por qué había nacido? Sus padres no le querían, estaba solo, sin nadie que le ayudara, maltratado en una vida que no quería vivir, sufriendo en vida el crimen de ser un niño sin más futuro que el día anterior y sin más deseo que morir.

Sí, morir, no era la primera vez que lo pensaba, aunque nunca con tanta fuerza como ahora. Lo había pensado e incluso deseado cada vez que su padre le golpeaba con el cinturón, cuando en su interior se sentía tan mal que ni siquiera las lágrimas podían borrar su amargura, cuando la vida se volvía trágica y oscura, tan oscura que no se podía distinguir el futuro entre los negros nubarrones del presente.

Morir significaba no tener que regresar cada día a casa a esperar los gritos y lamentos, suponía liberarse de todas las preocupaciones, dejar de lado el dolor y las lágrimas. Morir era acabar con todo, acabar con su sufrimiento…

Además, nadie le iba a echar de menos. Si se dejaba caer por el puente que le llevaba a la escuela, nadie se enteraría y seguramente nadie preguntaría por él. Simplemente desaparecería, se volvería viento y sería tan libre como jamás podría imaginar…

Poco a poco, sus pasos se acercaron al puente que atravesaba la gran carretera. Dejó su mochila en el suelo y apoyó sus brazos en la barandilla, fría y húmeda por el rocío, fría y dura como su propia vida.

Desde lo alto se divisaban los coches que circulaban a toda velocidad, rumbo a sus destinos, indiferentes a lo que ocurría unos metros más arriba.

Rubén observaba el vacío sin que el ruido de los coches lograra despejar de su mente la oscura idea que, poco a poco, había ido formando cuerpo en su interior. Sólo un salto y todo habría acabado. No más dolor, simplemente un seco impacto y dejaría atrás recuerdos atormentados, noches sin dormir, dolores insufribles…

A su lado, sólo su triste mochila se dignaba mirarle con cierto aire de despedida. Nadie a su alrededor. Solo, como había estado toda su vida.

Poco a poco se iba sintiendo mucho mejor. Levantó la vista al cielo, tratando de pedir alguna explicación, intentando observar alguna señal que le ayudase a comprender el sentido de su dolor… pero nada, nada ni nadie podía explicar el porqué a sus 8 años tenía infinitamente más ganas de morir que de vivir, la vida era un trago muy amargo…

Lentamente, se colocó sobre la barandilla, sin un simple gesto de indecisión, como impulsado por un ente superior que dirigía sus actos. Abajo, el asfalto gris se convertiría en su salvación; lo miró, como quien mira la lluvia a través de la ventana, sintiéndose inmerso en un mar de calma…

Y saltó. Saltó sin miedo, sin temor, y mientras caía, una sincera y alegre sonrisa se dibujó en su rostro…

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