EL DOLOR DEL OLVIDO

san fermín

Ataviada con su pañuelo rojo al cuello, María terminaba de arreglarse frente al espejo, tratando de que su mano temblorosa no estropeara el rímel de sus ojos.

A sus setenta y cinco años, hacía más de cincuenta que no se perdía ni un encierro. Hacía años que no los corría, la maldita artrosis no le permitía grandes excesos, pero se acomodaba en la calle Estafeta y, desde allí, veía cómo los jóvenes azuzaban a los toros, corrían, caían, se levantaban…

Al salir al salón, sus hijos la miraban con cariño, pero también con cierto dolor.

–      ¿Qué hacéis ahí parados, todavía sin arreglar? Parecéis bobos, os van a quitar el sitio… Y tú, Jaime, ¿no ibas a correr el encierro?

–      Mamá… Hoy no hay encierro…

–      ¡Cómo que no! Anda, no digas tonterías…

–      Mamá…, hoy es 5 de noviembre…

El alzheimer seguía avanzando, seguía borrando poco a poco sus recuerdos, convirtiendo su vida en un eterno olvido. Llegaría un momento en el que olvidaría el nombre de sus hijos, el suyo propio, olvidaría las ganas de vivir…

Lentamente, una lágrima corrió el rímel de sus ojos.

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