UN DÍA DE TRABAJO

obreras

Yo no tenía ni idea de lo que era realmente el trabajo en una obra hasta que, un buen día, acompañé a mi madre.

Nos despertamos bien prontito, sobre las siete, y después de un breve aunque concienzudo acicalamiento, salimos de casa rumbo a la calle Juan Bravo, donde se estaban construyendo unos pisos de alto standing.

Eso sí, antes de sumergirnos en la vorágine del metro, paramos a coger fuerzas en el Bar La Fresquita, donde conocían muy bien a mi madre.

–      Hola, Toñi. ¿Lo de siempre?

–      Hola, Germán. Sí, y pon también un cola-cao con churros, que el chaval tiene que coger fuerzas. Hoy viene a echarnos una mano.

Dicho y hecho. Al poco tiempo, Germán dejó en la barra mi cola-cao y mis churros y, a su lado, un plato con un bocadillo de panceta, un café solo doble y una copa de anís.

Mi madre dio buena cuenta de su “desayuno” en menos tiempo del que yo tardé en mojar el primer churro…, y esperó a que yo terminara rebuscándose con un palillo los restos de panceta que quedaban entre sus dientes.

Ahora sí. Después de un buen desayuno, nos dispusimos a coger el metro. Para aquéllos que no estén muy duchos en la materia, tomar el metro en Madrid, en hora punta, en la línea 1, es como sumergirse en el primer infierno de Dante. Se percibía, casi se masticaba, un sutil aroma de sudor intercalado con vahos de anís cuando a mi madre le repetía la panceta…

Por fin, llegamos a nuestro destino. Mientras mi madre se cambiaba, quedé a la espera en un laberinto de vigas, hierros, tabiques, salpicado de restos de colillas, latas de cerveza y envoltorios de bocadillos.

Cuando mi madre apareció con una camiseta sin mangas en la que difícilmente aún se podía leer “Iron Maiden”, salpicada de restos de yeso, casi no pude reconocerla. “Juanín, llena ese barreño de agua y me lo traes”. Así lo hice, contento de poder moverme entre aquellos amasijos de hierro y servir de alguna utilidad.

Durante toda la mañana estuve cargando y descargando montones de escombros, llevándolos de un lado para otro, subiendo y bajando agua… En uno de los viajes, una de las compañeras de mi madre de lanzó un pellizco al culo, “¡Que no me entere yo que ese culito pasa hambre!”.

Acabé la mañana destrozado, con ampollas en las manos y deseando que el día hubiera finalizado. Afortunadamente, llegó la hora de comer y pude descansar apoyado en varios paquetes de arena.

Comenzaba el desfile de tarteras, comparando cada compañera con la de al lado lo que le había preparado su marido, criticándolo la mayor parte de las veces, y elogiándolo las menos. En mi caso, es justo reconocer que mi padre es un gran cocinero, y le había cocinado a mi madre unas albóndigas con salsa de setas…, que fue la envidia de todas las colegas.

Antes de terminar de comer, y en lo que parecía ser la rutina diaria, se dedicaron a hacer un concurso de eructos. Trago de cerveza y eructo, ésta era la mecánica. En este campo, la Merche era, sin duda, la campeona oficial, con un bramido capaz de atraer la atención de los coches parados en el semáforo.

Por cierto, también aprovechaban cada semáforo para piropear a todos los ejecutivos encorbatados que pasaban, jóvenes universitarios de regreso a casa, incluso a los conductores de los autobuses urbanos… “¡Busero, que mira que me ponen a mí los hombres de uniforme… ¡Cuándo te lo quito!”

En fin, ese fue mi primer y único día acompañando a mi madre a la obra. Al día siguiente le dije que tenía que estudiar, que los exámenes estaban cerca y que pensaba en mi futuro. Y era totalmente cierto. Creo que jamás podré soportar un día más en una obra…

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