ÚLTIMA VOLUNTAD

voluntad

Junto a la cama de nuestro moribundo padre, mi hermana y yo dejábamos pasar las horas haciendo sudokus, crucigramas…

–      De cuatro letras. Dios mitológico del trueno.

–      Thor.

–      ¿Tor? Eso sólo tiene tres letras.

–      Toño, mira que eres inculto. “Thor” lleva una “h” detrás de la “T”.

–      Mírala…, Mari, la sabiondilla… Con todo lo que sabes, no sé qué haces trabajando en el súper…

–      Como te dé un guantazo, vas a ver lo sabiondilla que puedo ser.

–      Calla, calla…, parece que despierta.

Nuestro padre estaba ingresado en el hospital desde hacía más de un año a causa de un accidente “enciclopédico”. Os lo explicaré.

En nuestra casa, que yo recuerde, sólo hay dos grandes libros: la “Enciclopedia Universal, Tomo 1, A-H” y “Enciclopedia Universal, Tomo 2, I-Z”, regalo que le hicieron a mi padre por suscribirse al Marca durante un año. Su gran labor ha sido la de servir de taburete, asiento, alza… En una ocasión, mi padre se subió a los dos tomos juntos tratando de alcanzar el tabaco que escondía en lo alto del mueble del salón, con la mala suerte de que mi hermana, con el cucharón en una mano y la sopera en la otra, no le vio, tropezó con él, mi padre comenzó a hacer equilibrios sobre las enciclopedias, una de ellas se abrió sobre la “S”, y mi padre cayó, arrastrando a mi hermana, al cucharón y a la sopera. Mi hermana se levantó, el cucharón acabó algo torcido, la sopera, rota, pero mi padre quedó tumbado, inmóvil en el suelo.

Desde aquel día, nuestro padre permaneció dormido. Hasta entonces, hasta aquel preciso momento.

Como despertándose de un profundo sueño, levantó primero un párpado y luego, lentamente, el otro (“¿qué hace guiñando un ojo?”, pensé), y, fijando sus ojos grises sobre nosotros, nos habló. Su hilo de voz era tan débil que tuvimos que acercarnos hasta el borde de la cama para poder entenderle.

–      Mari…

–      To…ño…, ahg…, acér..ca…te.

Me susurró unas casi inaudibles palabras, palabras que traté de comprender, de analizar, de entender.

Y expiró. Su mano, que sabía dar con maestría picantes capones y bofetadas sonoras, se columpiaba ahora, inerte, a un lado de la cama.

–      Mari…

Nuestro padre había muerto y debía sentirme triste, llorar, estar desconsolado… Pero no sentía nada. Trataba por todos los medios de que las lágrimas asomaran a mis ojos, pensé en cosas tristes, penosas, inhumanas (“el Real Madrid eliminado en semifinales…, y por el Barça…”), y aunque noté alguna punzada en mi pecho, las húmedas lágrimas se resistían.

–      Mari…

Mi hermana permanecía sentada en la silla, con las manos cruzadas en el regazo y la mirada baja. Ella sí estaba triste o, al menos, lo parecía.

–      Mari…, lo que ha dicho nuestro padre…

–      Sí…

–      ¿Ha sido su última voluntad?

–      ¿…?

–      Me refiero a que, al ser sus últimas palabras, hay que cumplir con su última voluntad, ¿verdad?

–      Sí…, claro.

–      Vale.

Me acerqué a ella, por detrás, y le agarré fuertemente del cuello.

–      Lo siento, Mari, pero papá me ha pedido venganza.

Y cumplí con su deseo de venganza. Fueron sus últimas palabras. O eso creo. Porque, ahora que lo pienso, dudo si me dijo “Eres mi venganza” o “Eres mi vergüenza”…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s