RUTINA DIARIA

rutina

Cada lunes desde hacía treinta y dos años, Fermín Vázquez seguía la misma rutina: se despertaba a la 7.22 h., se duchaba con agua fría, desayunaba una tostada con mantequilla y a las 7.57 salía de casa en dirección a su trabajo.

Dando un paseo, ventajas de las ciudades pequeñas, a las 8.23 llegaba a su trabajo, fichaba en el reloj de la entrada y a las 8.25 se encontraba sentado frente al ordenador, dispuesto a contabilizar facturas, revisar balances, apuntes de bancos, etc.

A las 10.28 hacía un pequeño receso en su absorbente y estresante labor. De su cajón, sacaba un reluciente termo de café (descafeinado, por supuesto) y un vaso de plástico. A pequeños sorbos apuraba el café y, guardando el termo de nuevo en su lugar, reanudaba su quehacer diario.

Había días en los que algún hecho extraordinario alteraba el curso normal de los acontecimientos, como la visita del señor director, de su flamante esposa, o de su querida madre, admirada por toda la empresa e idolatrada por Fermín. Se trataba de una frágil anciana de casi cien años, dueña de la empresa, medio ciega y enteramente sorda, por quien Fermín se permitía el desliz de abandonar su puesto de trabajo y acompañarla durante su visita.

A las 14.58, Fermín apagaba su ordenador, apilaba la documentación en varios bloques, guardaba la grapadora y la calculadora en el cajón, y a las 15.00 volvía a fichar en el reloj de la entrada.

A las 15.25 entraba de nuevo en su domicilio, preparaba una frugal comida para él y para su madre, y ambos comían en silencio mientras veían las noticias.

Al finalizar, recogía la mesa, servía a su madre una pequeña copa de vino dulce y, si ella estaba de humor, jugaban entre los dos alguna partidita de bingo. Más de una vez, las partidas acababan en disputas: “Mamá, te dije el veintitrés, no el veintiséis…, si es que no estás atenta… si te vas a poner así, mejor lo dejamos…”

Desde hacía unos diez años, su madre ya no recibía visitas. Desde que tuvo aquel fatídico infarto, desde que su corazón dejó de latir, desde que los médicos dijeron que había fallecido… ¡Bah!, ¡qué sabrían ellos! “Mamá, ¿echamos otra partidita?…”

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