¿QUÉ HUBIERA SIDO DE MI VIDA SÍ…?

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Recuerdo aquellos días en los que echaba un vistazo al Pronto de mi madre y siempre me detenía en la misma sección: ¿Qué hubiera sido de mi vida si…? Reconozco que me fascinaban esas historias imposibles, amores reencontrados, trágicos accidentes…, mentiras impresas que hacían volar la imaginación, añorando, envidiando, lamentando experiencias ajenas.

Ahora, casi una década después, soy yo misma quien podría escribir una historia parecida.

No quiero aburriros con detalles innecesarios. Podría empezar diciendo que yo era una chica normal y corriente, con las mismas aspiraciones y deseos que cualquier otra, viviendo en una familia trabajadora, tranquila…

Pero todo cambió cuando conocí a Héctor. A mis veinte años ya había tenido experiencias suficientes como para saber reconocer el peligro, pero con Héctor no funcionó. Quizás fueron sus ojos verdes, su piel morena, su mirada perdida, su hablar pausado y cadencioso…, o quizás fueron mis deseos, mi instinto animal, mi lascivia, mi ardor… Lo cierto fue que caí en la más profunda tentación y me lancé a una relación dura, tortuosa, sin límites.

En los cinco años que estuvimos juntos, experimenté todos los grados posibles de la humillación y del placer. Fui espectadora de excepción mientras Héctor follaba con otras chicas, participé en orgías misteriosas con jóvenes disfrazados a quienes jamás iba a reconocer, me acostaba con otras mujeres mientras Héctor se masturbaba…

¿Por qué? No lo sé. Podría buscar justificaciones en miles de excusas o podría, sencillamente, reconocer que una parte de mí se sentía atraída por aquel sórdido mundo. ¿Amor? No, no lo creo. No creo que estuviese enamorada. Si acaso, estaba localmente enganchada a él, perdidamente entregada a sus deseos, pero no enamorada. Ahora que ha pasado el tiempo y que recuerdo mis sentimientos tras estos barrotes, sé que no estaba enamorada.

No sé cuánto hubiera durado esta relación. Supongo que, con el tiempo, alguno de los dos nos hubiéramos cansado de estos fuegos fatuos. De todos modos, el destino, ese gracioso titiritero que se divierte a nuestra costa, intervino para adelantar nuestra decisión.

Y lo hizo de forma cruel. Como tantas otras veces, Héctor quedó con una joven en su casa de la playa y esperaba que yo acudiera también. Me aseguró que esta vez sería diferente, que disfrutaríamos como nunca, que sería inolvidable… Al llegar, y en la penumbra de la habitación, observé desde la puerta cómo Héctor jadeaba sobre una joven de pelo moreno. Al acercarme más, vi que aquella joven era mi propia hermana pequeña…

Ambos me miraron y se excitaron aún más, sus sexos enganchados como perros, sus gemidos, sus jadeos… Quedé paralizada, inmóvil, hasta que el olor a semen y a tabaco me devolvió a la realidad. Sí, esta vez sería diferente. Estampé la lámpara de la mesilla en su cráneo, y ni siquiera noté cómo las gotas de sangre salpicaban mi cara.

Mi abogado alegó enajenación mental transitoria. Creo que tiene toda la razón, aunque dudo que fuera transitoria. En verdad, esta enajenación comenzó el mismo día que le conocí.

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