MEMORY LESS

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Memory Less es un pueblo muy tranquilo. Situado a las faldas de una pequeña montaña, tiene lo que todo pueblo soñado aspira a tener: fiestas patronales, vecinos comprometidos, tiempo apacible… Sé que no soy objetivo ni imparcial. Es mi pueblo, y lo adoro.

Pero si hay algo que convierte a Memory Less en un pueblo particular es que todos sus habitantes, entre los que me encuentro, tenemos graves problemas de memoria. De hecho, en los alrededores se nos conoce como “los peces”, y no precisamente por nuestra afición a nadar.

Por lo general, los olvidos suelen tener poca importancia: niños que esperan horas y horas a sus padres a la puerta del colegio, flores resecas anhelando un suspiro de agua, ollas que acaban hirviendo sobre los fogones… Sin embargo, en el año 2007 ocurrió un acontecimiento que superó todos los pequeños olvidos anteriores y que obligó a que se adoptaran medidas drásticas, urgentes y permanentes.

En el año 2007, concretamente el 13 de junio de 2007, el alcalde de Memory Less olvidó inaugurar las fiestas patronales. Lo cierto es que no fue el único, y salvo Peter, el panadero, quien más por costumbre que por un sincero recuerdo había preparado decenas y decenas de “antoñitos”, en honor del santo patrón, el resto del pueblo continuamos con nuestros menesteres habituales, sin acordarnos de fiestas, discursos y demás algarabías.

El problema surgió cuando, llegada la noche, los jóvenes de los pueblos de alrededor acudieron con todas sus galas dispuestos a “romper la noche”, a “dejarse la memoria”, como se denominaba en el argot de la comarca a beber hasta perder el conocimiento.

Cuando llegaron a la plaza y se toparon con el silencio de la noche, inmersos en la soledad más absoluta, los jóvenes más exaltados y bravíos desahogaron sus decepciones con farolas, coches, comercios… La batalla campal fue increíble y desastrosa, ante la incredulidad de todos los habitantes de Memory Less, quienes éramos incapaces de recordar los motivos de la furia de aquellos jóvenes.

A la mañana siguiente, y ante la valoración de los daños causados, el alcalde no tuvo más remedio que reunir de urgencia a sus colaboradores para idear una solución que evitara, en lo posible, la repetición de tal desbarajuste.

Se adoptaron todo tipo de medidas: se impusieron los rabos de pasas como alimento obligatorio, se incluyeron las nueces como parte del desayuno escolar… Pero de todas estas medidas, la que contó con mayor aprobación fue la que propuso el dueño de la papelería “Book Shields”: anotar en post-it de colores todo lo que fuera necesario.

 

En la plaza mayor se publicó un bando con las nuevas directrices: “Se hace saber que, a partir de hoy y en lo sucesivo, todas las cosas importantes se anotarán en los paneles que, a tal efecto, el alcalde ha mandado situar en los lugares más importantes del pueblo, a saber: la iglesia, la escuela, el ayuntamiento y la farmacia. Y para que no se nos vuelva a olvidar el día de nuestro santo patrón, el Padre McArthur hará sonar las campanas desde treinta días antes de la fecha, a razón de una campanada por cada día que falte, es decir, un mes antes sonarán treinta campanadas, al día siguiente veintinueve, y así hasta llegar al día de la fiesta”.

De esta forma, en el panel de la escuela se superponían unos sobre otros papeles rosas, amarillos, verdes…: “Recoger a Mary, a las tres”, “Darle a Mike el dalsy”, “Celebrar el cumple de Brian, donde las bolas, a las cinco”…

Desde aquel día, el pueblo comenzó a acostumbrarse a los nuevos hábitos. Antes de ir a la compra, las mujeres se paraban frente al panel de la farmacia para que no se les olvidara nada; madres y padres se agolpaban frente a la escuela para recordar cuándo debían recoger a sus hijos; los gemelos Smith acudían a la puerta del Ayuntamiento para saber cuándo debían entrar y salir del trabajo, y así se sucedieron los días, las semanas y los meses.

Y como un reloj, treinta días antes de San Anthony, el Padre McArthur hizo sonar las treinta campanadas correspondientes, ante el júbilo del pueblo. Y al día siguiente, sonaron veintinueve, y al siguiente, veintiocho…, y poco a poco mi querido pueblo recobró la normalidad.

Ayer sonaron trece campanadas… ¡Qué sonido tan envolvente!, ¡qué cadencia y qué armonía! Nos levantamos por la mañana esperando ansiosos a que el Padre McArthur comience un nuevo concierto. El pueblo se vuelve mudo y silencioso mientras escuchamos las bellas campanadas, todo el mundo se paraliza para no perder detalle…

Campanas…, lo cierto es que todos hemos olvidado por qué suenan, pero lo único que sabemos seguro es que mañana volverán a sonar otra vez.

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