LA DECISIÓN

hombre

Javier, 45 años, mecánico, padre de dos preciosas hijas de 5 y 3 años, casado. En paro desde hace más de dos años, subsiste, o más bien sobrevive, con los escasos cuatrocientos euros que le aporta la renta mínima y con los pequeños trabajos y chapuzas que, muy esporádicamente, consigue realizar.

Podríamos decir que “por casualidades de la vida”, o por estar en el lugar oportuno en el momento equivocado, lo cierto es que su miseria dio un brusco giro aquel quince de enero de dos mil doce.

En aquella taberna maloliente, donde el humo de los cigarrillos tapaba el cartel de “Prohibido fumar”, Javier removía su café con desgana, pausadamente. De repente, sintió una mano sobre su hombro.

–      Javi, tengo que hablar contigo.

El rostro serio de Carlos mostraba preocupación.

–      Verás. Tú sabes dónde trabajo y en qué ambientes me muevo, ¿verdad?

–      Sí, claro que lo sé.

Lo sabía Javier y medio barrio de Pan Bendito. Carlos trabajaba de celador en el Hospital de Arganda, aunque sus ingresos no se limitaban a su reducido sueldo, sino a otras “actividades” menos legales y más lucrativas.

–      Conozco gente que conoce gente, y éstos a su vez conocen a otra gente… Total, que tengo un negocio que te podría interesar.

–      ¿Un negocio…?

–      Sí, un buen negocio. Vamos a sentarnos y te lo explico tranquilamente.

El café se quedó frío mientras Javier le escuchaba, primero con desconfianza, después con interés y, finalmente, con miedo, mucho miedo.

–      Javi, no te voy a engañar. Tiene sus riesgos, pero estamos hablando de diez mil euros. Es mucho dinero y, si todo sale bien, no te va a suponer más que una cicatriz y unos cuantos días en cama.

La proposición de Carlos no podía ser más clara: vender uno de sus riñones a cambio de diez mil euros. Él se encargaría de todo. Concertaría la cita, le llevaría al lugar pactado y le recogería cuando todo hubiera acabado. A cambio, él se llevaría un buen pellizco y Javier, diez mil euros…

–      Eso sí, de esto ni una palabra a nadie, ni a tu mujer. Invéntate lo que quieras, pero, si te decides, esto queda entre nosotros.

Una respuesta rápida, en ese momento, es lo único que necesitaba Carlos. Un “sí” y todo se pondría en marcha; un “no”, y se marcharía a buscar a otro candidato. Así de sencillo, así de simple. Diez mil euros o nada…

–      Acepto.

Al día siguiente, Javier recibió una llamada de Carlos: “Paso a buscarte a las once”.

———————-

Dos semanas después, Javier, con una cicatriz más en su cuerpo, reposaba entre los brazos de su mujer. No había habido explicaciones, ni preguntas, ni reproches, ni censuras… Sólo diez mil euros que evitarían muchos disgustos, diez mil euros que pagarían los colegios de sus hijas durante meses, que evitarían las llamadas de los acreedores, que les permitirían descansar durante algún tiempo.

A los seis meses, Javier recibió una llamada de Carlos: “Javi, espero que estés recuperado. Tengo otro negocio para ti…”

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