HABITACIÓN 112

hotel

Como cada miércoles, al finalizar sus clases, Juan Sánchez, profesor de 1º de la E.S.O., cargado con sus libros y sus exámenes para corregir, se dirigía lentamente hacia aquella vetusta pensión, donde un recepcionista soñoliento y ojeroso le entregaba las llaves de la habitación de siempre, la 112.

Como cada miércoles, Mercedes Morgado, ama de casa, salía de su casa a las cinco de la tarde, cargada con su bolsa de deporte hacia el Gimnasio Maravillas, para dar sus semanales clases de mantenimiento. Sin embargo, al doblar la esquina de la calle, y tras mirar detenidamente a uno y a otro lado, permanecía quieta en la acera y paraba al primer taxi que se acercaba.

–       ¿Dónde la llevo?

–       A la Pensión Estrella, en la Avenida de Asturias.

Al llegar a la pensión, el mismo recepcionista ojeroso le entregaba las llaves de su habitación, la 112.

Dos horas después, Juan Sánchez descendía las escaleras, dejaba las llaves en el mostrador y se marchaba con sus libros, sus exámenes sin corregir y una sensación agridulce, a medias entre el deseo satisfecho y la hiel del engaño.

Pocos minutos después, Mercedes Morgado repetía el mismo ritual, descendía con su bolsa de deporte, sus gafas de sol y la misma sensación incómoda, acentuada por la mirada lasciva del desvergonzado recepcionista.

Al llegar a su casa, Juan Sánchez, profesor de 1º de la E.S.O., dejaba los libros sobre la mesa del recibidor, daba un frío beso en la mejilla a su mujer y se sentaba cansadamente en el sofá. “¿Qué tal la tutoría?”, le preguntaba mecánicamente su esposa. “Aburrida, ya sabes cómo son las tutorías con los padres”, contestaba con aire cansino.

Aproximadamente a la misma hora, Mercedes Morgado dejaba la impoluta ropa de deporte en el cesto de la ropa sucia mientras, con desgana, se disponía a preparar la cena para sus tres hijos y para su marido.

“La última vez, ha sido la última vez. Esto se tiene que acabar”, pensaba a solas en la cocina.

“Le diré que no nos podemos volver a ver”, pensaba Juan mientras mordisqueaba un lapicero.

Y mientras Juan aprobaba y suspendía alumnos de forma inconsciente, y Mercedes batía huevos sin apenas energía, en sus mentes ambos contaban los días que faltaban para volver a encontrarse en aquella vieja habitación 112.

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