EL 10

10

Llevo un par de días con un número constante en mi cabeza: el 10. No sé qué significado mágico tendrá, ni lo que Freud pensaría sobre ello, pero lo cierto es que me levanto y me acuesto con el maldito número enredándose en mi mente.

Casualidades de la vida, hoy es 10 de marzo. Salgo a trabajar, como cada mañana, miro el reloj y, ¡vaya!, otra casualidad, son las 8:10. Mientras espero el ascensor, hago un repaso mental de lo que me espera a lo largo del día: revisiones de juicios, reuniones con clientes, visita al Juez instructor…, un día que se presenta complicado. “El ascensor parece que se ha parado… Vendrá bien un poco de ejercicio”. Desciendo silbando las escaleras, saltando de dos en dos los escalones y compruebo asombrado que suman 10 en cada planta…

Salgo a la calle con una sonrisa abobada en el rostro, pensando que se lo tengo que contar a los compañeros de oficina. En la parada del autobús me entretengo ojeando un periódico gratuito, cuando veo que se acerca el autobús nº 10… No es el mío, no sé dónde se dirige, pero me siento impulsado a cogerlo.

Es una locura, lo sé, pero tantas casualidades seguidas deben significar algo. No sé dónde bajarme, no sigo ningún plan, sólo me dejo llevar… Un pálpito inexplicable me lleva a pulsar el botón de parada y desciendo en un paraje totalmente desconocido, rodeado de edificios de nueva construcción, grandes avenidas con filas de árboles recién plantados, madres paseando sus carritos de bebé… “¿Qué hago aquí?”, me pregunto, y, sin saber cómo, obtengo la respuesta: debo buscar el número 10.

6, 8…, 10. “Administración de Lotería El 10”. ¿Una administración de lotería? Siento un cosquilleo en el estómago, una pequeña vacilación, pero pienso que si el destino me ha traído hasta aquí, será mejor que lo aproveche. “Buenos días. Querría 10 décimos del número 10”.

Quince minutos después me encuentro sentado en un taxi, rumbo a mi oficina, pensando la maravillosa tontería que acabo de hacer y lo asombrosamente estúpido que puedo llegar a ser. ¿Confiar en las corazonadas?, ¿el destino…? Quien me viera en esos momentos…, marcharme hacia un barrio desconocido, gastarme doscientos euros en lotería, llegar tarde a las reuniones, buscar mil excusas para poder encajar el día…, y todo por un simple número.

Y para rematarlo…, atasco. “Pare aquí, por favor”, le digo al taxista. Si me doy prisa, podré llegar a la reunión con Martínez, el de extranjería. Atajo por callejuelas estrechas y solitarias, con el abrigo en una mano y el maletín en la otra. De repente, en la última bocacalle, una sombra delgada y nerviosa se acerca hacia mí.

–      ¿Tiene un cigarrillo?

–      No, lo siento.

–      ¿Y no podría darme algo para comer…?

–      Lo siento, no tengo nada.

De repente, aquella sombra delgada y nerviosa saca una navaja enorme y la dirige hacia mi estómago.

–      ¡Que no tienes nada! Pues ahora lo vamos a ver, cabrón de mierda.

–      ¡Tranquilo…, tranquilo…! Toma, toma mi cartera…

Al sacar mi cartera, caen al suelo los décimos de lotería.

–      ¡Será cabrón…! Y el perro decía que no tenía nada… Ahora sí que no vas a tener nada.

Y siento cómo una, dos, tres punzadas atraviesan mi carne y cómo un líquido espeso brota de mi estómago y mancha mi camisa. No siento dolor, sólo un profundo cansancio. A lo lejos oigo las pisadas de mi agresor alejándose, mientras en una iglesia lejana suenan diez campanadas… Ahora lo entiendo todo…

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