DOS PERDEDORES

perdedor

Duele. Es un dolor casi físico, nervioso. Siento que se expande desde mi corazón, viaja por mi sangre, y se apodera de mis manos, mis ojos, mis hombros, mis pies… Y no debería ser así.

Simplemente me ha abandonado. Soy una persona adulta, medianamente serena, responsable, consciente de mis limitaciones…, y simplemente me ha abandonado. Es cierto que fue a través de una fría nota, una pequeña hoja de propaganda en la que, por un lado, se anunciaba una oferta escandalosa de seis meses de gimnasio a precio irrisorio, y, por el otro, escrito con letra casi infantil, una escueta nota de despedida.

“Lo siento mucho, pero no aguanto más. Es posible que no todo haya sido culpa tuya, pero no imagino toda una vida entera a tu lado. Ya pasaré a recoger mis cosas. Lo siento”.

Y ya está. Sin firma, una fría nota sin personalidad, sin un simple garabato, sin un insulto, sin un reproche. “Lo siento”, como si dos tristes palabras justificaran su adiós, como si sentirlo me devolviera las ganas de vivir…

Puedo ser un perdedor; es más, seguramente sea un perdedor, siempre lo he sido, pero estas no son “mis” formas de perder, no sin darme la oportunidad de decir la última palabra.

Este maldito dolor… Ya está, todo ha acabado. Ahora debo pensar fríamente qué puedo hacer, cómo reaccionar. Fríamente… Quizás el alcohol me ayude a ver las cosas de otro modo, quizás me abra los ojos lo suficiente como para saber qué debo hacer.

Después de la tercera copa, el dolor parece atenuarse, al menos hasta que vuelvo a leer la nota y los ojos se me nublan, y las manos se crispan, y de nuevo el dolor…

No dejaré que me humillen. No permitiré que una fría nota me convierta en un despojo. No soy ningún pelele, y se lo voy a demostrar.

“No hace falta que te pases por casa. Meteré tus cosas en una bolsa y te las llevo esta tarde al bar de Julián. A las 5”.

En cuanto envié el mensaje, supe que no había marcha atrás. Un pequeño mecanismo en mi interior se había puesto en marcha y dirigía mis pasos como un autómata. Miré el reloj, la una de la tarde.

En mi vieja bolsa azul guardé toda su ropa, su maquillaje, su cepillo de dientes, incluso aquella foto en la que los dos sonreíamos como estúpidos con la Torre Eiffel al fondo.

Me tumbé en la cama, con la bolsa como única compañía. Si respiraba profundamente, aún podía sentir su presencia, su olor inconfundible, su perfume corporal… Y me dormí.

Cuando desperté, con la bolsa como única compañera, sentí cómo algo se rompía definitivamente en mi interior.

Las cuatro y media. Cogí las llaves del coche y me dirigí al bar de Julián. No aparqué. Con el coche en doble fila, contemplaba aquella larga avenida mientras fumaba un cigarro tras otro. “Lo siento…, no todo haya sido culpa tuya… Lo siento”. Sus palabras taladraban una y otra vez mi mente, la imaginaba escribiendo aquella nota, con prisas, con ganas de escapar…, con el tiempo justo de marcharse con lo puesto, de huir, quizás con una sonrisa triunfante en el rostro.

Las cinco. Puntual como siempre. Dispuesta a cruzar la avenida, la contemplé majestuosa, indiferente, insensible, como si no fuera consciente de que el mundo se había acabado, de que la vida había dejado de existir, de que el final había llegado.

Lancé el último cigarro por la ventanilla, acaricié la vieja bolsa azul y aceleré…

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“Lo siento mucho, pero no aguanto más. Es posible que no todo haya sido culpa tuya, pero no imagino toda una vida entera a tu lado. Ya pasaré a recoger mis cosas. Lo siento”.

Dejé la nota encima de la mesa, junto a las llaves de casa, y me marché. No quise mirar atrás, no quería que los recuerdos me atraparan y derrumbaran el pequeño muro que había construido a mi alrededor. No tenía elección. Debía marcharme.

Sabía que no era la forma correcta, una triste nota de despedida…, pero también era consciente de que no sería capaz de hacerlo de otro modo. Durante mucho tiempo había ideado mil y una maneras de decírselo, había imaginado cientos de conversaciones y de reacciones, pero me sentía incapaz.

En la calle, respiré profundamente y me pareció notar que el aire olía distinto, que el sol tenía un reflejo más brillante, que la vida parecía fluir con más fuerza que nunca…, y sonreí. Podría parecer insensible, quizás soberbia; podríais pensar que acabo de abandonar a la persona con la que he convivido durante los últimos cinco años y lo único que se me ocurre es sonreír…, pero lo entenderíais si estuvierais en mi lugar.

Durante cinco años he sentido cómo se apagaba mi ilusión, cómo mi voluntad se iba volatilizando al tiempo que mi pareja iba tomando las riendas de mi vida. Jamás creí que sería capaz de salir de ese pozo sin fondo en el que estaba hundiéndome, jamás…, hasta que conocí a Jaime.

“No hace falta que te pases por casa. Meteré tus cosas en una bolsa y te las llevo esta tarde al bar de Julián. A las 5”.

Vaya…, esta tarde…, en el bar de Julián. Está bien, no creo que ocurra nada. Estaremos rodeados de gente, me dará mis cosas, nos despediremos… No sé, quizás no debería ir. Puede dejarme las cosas en el bar, pasarme yo otro día… Quiere verme, quiere volver a mirarme a los ojos, sentirse dominante una vez más. Pero esta vez será distinto.

El tiempo volaba y las manecillas se acercaban a la hora señalada. Aún dudando si hacía lo correcto o no, se fue acercando al lugar de encuentro, pensativa, silenciosa. “Le diré que lo nuestro se había acabado hacía mucho tiempo, que ya no quedaba nada entre nosotros”.

A lo lejos, le pareció ver su coche aparcado en doble fila. “Ya ha llegado”, pensó, y un escalofrío recorrió su cuerpo. Lentamente, se dispuso a cruzar la gran avenida, mientras aquel coche oscuro comenzaba a acelerar, acelerar, acelerar…

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