CICATRICES MISTERIOSAS

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Se despertó con un ligero dolor de cabeza y un tanto resacoso, aunque creía recordar que la noche anterior se había acostado temprano. “Es lo que tiene cumplir años… Debe ser la “crisis de los cuarenta”.

Un insistente picor en el costado le hizo descubrir una pequeña cicatriz, una cicatriz limpia, quirúrgica, saneada… “Pero, ¿qué coño hice ayer?”. Trató de recordar, pero su mente era como un inmenso agujero negro en el que hubieran caído todos los recuerdos de los días anteriores.

“Ni una gota de alcohol, lo juro, no probaré alcohol durante una buena temporada”, se prometió, aunque sin demasiada confianza.

Durante todo el día, sentado en su oficina, se anduvo preguntando cómo podía haber surgido aquella cicatriz. No recordaba haber estado enfermo, ni haber tenido ningún accidente, ni golpe, ni arañazo, ni siquiera un simple raspón.

Aquella noche rechazó las proposiciones de varios amigos para salir, renunció a tomar una copa después de la cena y se dispuso a dormir plácidamente. Acompañado de su inseparable “Maneras de perder”, se sumergió en la lectura durante unos cuantos minutos, hasta que el sueño fue doblegando sus párpados y la noche se hizo a su alrededor.

A la mañana siguiente volvió a sentir aquella pesadez en la cabeza, aquella sensación de malestar. Como cuando despertaba tras haber tomado diez gin-tonics, como si un pájaro carpintero estuviera anidando en su cerebro, como si cientos de hooligans celebraran la consecución de la Champions encima de sus orejas…

Decidido a darse una ducha para despejarse, frente al espejo comprobó de nuevo su cicatriz. Ahí estaba, no había sido un sueño. Era real, tan real como la barba incipiente que comenzaba a asomar en su rostro, como aquella tenue barriga que amenazaba con tapar el borde del calzoncillo, como… ¡¡¡aquella nueva cicatriz que había aparecido en su costado izquierdo!!!

“¡No puede ser!, ¡qué está pasando!”, exclamó asustado. Pasaba sus dedos una y otra vez sobre aquella nueva herida, tan limpia y cuidada como la anterior, tan amenazante y misteriosa, tan inexplicable…

No supo cuántos minutos permaneció de pie, frente al espejo, mirando aquella nueva marca que se había adosado a su cuerpo, hasta que el teléfono le despertó de aquel trance. Dejó que saltara el contestador, no se sentía con fuerzas para hablar con nadie.

“Juan, ¿estás ahí? Soy Alberto. No sé dónde te has metido, pero tu móvil está apagado y teníamos que vernos para ver el tema del alquiler del local. Llámame cuando te levantes, o cuando se te pase la cogorza…”

El local, el alquiler, Alberto…, todo le parecía tan lejano y distante…

Aquel día no fue a la oficina. Permaneció encerrado en su casa, fumando un cigarro tras otro, palpando aquellas cicatrices que habían surgido por la noche como por encanto, como por un maldito encantamiento.

A medida que el día se oscurecía, Juan sentía palpitar las cicatrices. Se propuso no dormir, engañar al destino, soportar a base de litros y litros de café las horas interminables de la noche. Pero sucumbió. Quizás la tensión acumulada, la necesidad de suavizar los nervios, el cansancio…, lo cierto es que el sueño le invadió y quedó profundamente dormido sobre la mesa de la cocina.

Al despertar, de nuevo con aquella maldita jaqueca, lo primero que hizo fue quitarse la ropa, situarse frente al espejo y… lo vio. Una enorme cicatriz se extendía desde su pecho hasta la altura de su ombligo, una cicatriz blanca, sinuosa. Quiso gritar, pero no pudo.

Sobre la mesa de la cocina descubrió un sobre cerrado. Lo abrió con manos temblorosas y descubrió un pequeño recorte de periódico. Imposible. Era del día siguiente. Era una esquela. SU esquela: “Juan López Marsé ha fallecido a la edad de cuarenta años. Por su propio deseo, sus órganos serán donados a la Fundación Otra Vida. D.E.P.”

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