BATALLAS, GUERRAS Y…, CENA PARA DOS

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Aquella mañana, al afeitarme, comprobé asqueado que mi maquinilla estaba invadida de minúsculos pelos. “¡Otra vez!”, pensé. Ni siquiera había tenido la delicadeza de limpiarla, o de cambiarla, o de avisarme. No. Ella era un ser superior.

Estaba harto. Tres años de convivencia con aquella mujer habían supuesto un desgaste excesivo para cualquier amago de cariño o complicidad que alguna vez hubiéramos podido tener. Tres años áridos. Tres años perdidos. Tres años de guerra.

Lo cierto es que los dos nos habíamos convertido en unos combatientes aguerridos, dispuestos a no ceder ni un solo palmo del terreno que habíamos logrado conquistar. Las batallas eran arduas, muy a menudo silenciosas, pero sus efectos eran devastadores.

Ella había conseguido hacerse con el control del mando de la tele (de aquella batalla se habían cumplido ya seis meses…), y su dominio implicaba la tortura de tener que soportar seis horas a la semana los debates de Telemadrid, o martirizarme con el Canal Cocina. Mis intentos por recuperar aquel preciado tesoro fueron infructuosos, baldíos, desazonadores…

Entre mis conquistas se encontraban objetos estratégicos y muy valiosos, como la tabla de planchar, el salero o las pinzas de depilar. Podéis pensar que se trata de objetos sin importancia, inútiles, pero no pensaríais igual si conocierais a mi enemigo… Sus blusas arrugadas, sus comidas sosas y sus cejas a lo Groucho Marx, suponían batallas ganadas día a día, aunque la guerra estuviera aún muy lejos de acabar.

Los dos nos aferrábamos a nuestros dominios sin ceder un ápice el control, buscando el momento oportuno para conquistar algún nuevo territorio, pero sin dejar indefensas nuestras posesiones.

Sólo había una forma de vencer en aquella guerra: la retirada del adversario, su rendición. Conseguir que tu enemigo abandonara aquel piso suponía la victoria más deseada y, al mismo tiempo, la más difícil de lograr.

Pero se acercaba el momento crucial, el ataque decisivo, la batalla de las batallas…

Durante mucho tiempo, y como buen estratega, fui modelando paso a paso mi plan de ataque, estableciendo uniones convenientes (su madre), sometiendo voluntades (su hermana), comprando amistades, colocando cada peón en el lugar adecuado, presto para desempeñar su labor…

Aquella noche sería decisiva. Preparé todo mi arsenal (una cena deliciosa), elegí el campo de batalla (salón decorado, luces tenues, velas aromáticas) y dispuse las armas adecuadas (Vega Sicilia, Dom Perignon).

Cuando ella llegó a casa, el factor sorpresa provocó el efecto deseado. El primer ataque a la línea de flotación había causado daños en su defensa, sus ojos recorrían con asombro y desconfianza aquel cúmulo de bellezas.

–      Pero… -acertó a musitar-. ¿Qué es esto?

–      María, siéntate, por favor. Es una pequeña sorpresa. He preparado una cena especial para los dos, porque tengo algo muy especial que decirte.

Trató de reponerse y de recomponer sus huestes defensivas, previendo algún ataque furibundo y despiadado. Aquellos preparativos sólo podían ser la antesala de algo inesperado…, pero ¿de qué?

–      Bien, tú dirás.

–      Llevamos juntos tres años, tres años que espero que hayan sido tan estupendos para ti como lo han sido para mí –la estrategia implicaba llegar al límite del cinismo y de la mentira-. Creo que ha llegado el momento de dar un paso más en nuestra relación.

Sus ojos mostraban pavor, sus dedos nerviosos jugueteaban con el pan, sus palabras sonaron débiles y temblorosas…

–      ¿Un paso… más…? ¿Qué quieres decir?

–      Cariño –me acerqué, me arrodillé ante ella y muy suavemente le susurré-. ¿Quieres casarte conmigo?

La batalla fue atroz, los sacrificios pudieron ser eternos, las bajas hubieran sido difíciles de recuperar…, pero la victoria estaba asegurada.

Un mes más tarde, María decidió “tomar cierta distancia para poner en orden sus sentimientos” y se marchó a vivir a casa de sus padres. Toda una declaración formal de rendición, una renuncia verídica a cualquier derecho pasado, presente o futuro sobre mis territorios, unos territorios que, por fin, habían sido definitivamente reconquistados.

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