JUEGOS DE CARTAS

Tapete

Cada día, a las cinco de la tarde, Cándido, Matías, Basilio y Damián se reunían en el bar de Cefe a echar su partidita de mus, tomar varios cafés (descafeinados, por supuesto) y algunas copitas de orujo (blanco, como mandan los cánones).

Discutían, bromeaban, se levantaban cada cinco minutos para cumplir con la próstata y volvían a sentarse, manteniendo las mismas parejas de los últimos diez años: Cándido y Basilio frente a Matías y Damián.

Un maldito cáncer de pulmón se llevó a la pareja de Matías, transformando el cuarteto de amigos en un terceto y las partidas de mus en triángulos de brisca. Los órdagos y envites fueron sustituidos por ases y reyes, pero mantuvieron sus costumbres, sus horarios y sus disputas vespertinas para ver quién pagaba antes la cuenta.

El corazón de Basilio no aguantó mucho más, dejando reducido el grupo de amigos al dúo formado por Candido y Matías. La brisca dejó paso a la escoba y al cinquillo; los cafés eran más cortos y los silencios más largos; las disputas perdían su razón de ser, porque no había un tercero que desequilibrara la balanza, y los pensamientos volaban sobre los huecos vacíos de la mesa.

Desde hace un mes, Matías juega al solitario en el bar de Cefe, esperando que llegue el día en el que la baraja descanse silenciosa sobre el tapete.

MALA SUERTE

loteria

MALA SUERTE

  • Buenos días, señora Amparo.

  • Buenos días, Manolo. Anda, mírame a ver si me ha tocado algo, que buena falta me hace.

Y Manolo comprobaba, una vez más, la poca fortuna que tenía la señora Amparo en la lotería.

  • Nada, señora Amparo.

  • Como siempre… – decía la señora Amparo, arrojando el boleto a la basura -. No sé ni para qué juego, si nunca toca nada. Dame lo mismo para esta semana.

La Administración de Lotería “La Buena Suerte” poco o nada tenía que ver con su nombre. En los últimos años, los vecinos habían gozado de pocos premios (¿o quizás ninguno?). Incluso se rumoreaba que Manolo, el lotero, estaba gafado. Desde que le abandonó su mujer, la mala suerte se había extendido desde su vida personal a su vida profesional, y los premios de la Lotería Primitiva, Lotería Nacional, Bonoloto…, parecían esquivarle.

  • Hola, Manolo. Dame una de Primitiva y otra de Bonoloto para esta semana, y mira a ver si, por casualidad, tengo algo en estos boletos de la semana pasada.

  • Nada, señor Julián. No ha habido suerte…

Y así un cliente tras otro, un vecino tras otro, un boleto tras otro… A lo sumo, algún reintegro y nada más. La mala suerte continuaba día tras día.

Al finalizar la jornada, y una vez echado el cierre del local, Manolo vaciaba las papeleras, rebuscando entre los papeles los boletos afortunados de la señora Amparo, del señor Julián, de Vicente, de Pedro, de Marisa, de Amelia…

LA AUSENCIA

abuelo

  • ¿Papá? ¿Puedes hacerme un favor? Me han puesto una reunión a las cuatro de la tarde y no voy a poder recoger a Jorge del colegio. ¿Te puedes pasar y llevártelo a casa?
  • ….
  • ¡Gracias! Dile a mamá que no le prepare la cena, que llegaré sobre las siete.
  • ….
  • Un beso, papá. Luego os veo. Adiós.

María, más relajada, se concentró en el montón de papeles que inundaban la mesa de su despacho.

Alrededor de las cinco y media, recibió una llamada en su móvil.

  • ¿María Méndez?
  • Sí, soy yo.
  • Hola, María. Te llamo del colegio. Verás, es que nadie ha pasado a recoger a Jorge y nos ha extrañado mucho.
  • ¡Oh! Vaya… Lo siento…
  • No te preocupes, pásate cuando puedas.
  • Ahora mismo voy. No tardo más de quince minutos.

Después de pedir mil disculpas a la directora del colegio, recogió a su hijo y se marcharon a casa. Nada más llegar, llamó a sus padres.

  • ¿Mamá? ¡Esto no puede ser! ¡Papá no ha recogido a Jorge del colegio! Ha estado esperando el pobre más de una hora…
  • María, hija…
  • ¡No, mamá, no! ¡Le pedí que, por favor, le recogiera y se lo llevara, y se le ha olvidado! ¡Increíble!
  • María, no…
  • ¡No, mamá! ¡No le disculpes! ¡Se ha olvidado de recoger a su nieto!
  • ¡María! ¡Basta! ¡Tienes que superarlo! Tu padre murió hace dos años…

Silencio

ancianos

Cada mañana, en silencio, Francisca y Marcelo veían las noticias en el salón, mientras, también en silencio, mojaban y remojaban las galletas en el café. Silenciosamente recogían sus bandejas y llevaban las tazas a la cocina, donde cada uno las fregaba en silencio.

Mientras Francisca elegía su ropa en el silencio de la habitación, Marcelo se afeitaba, acompañado del monótono susurro de una vieja radio a quien las pilas comenzaban a fallar.

En silencio, daban un breve paseo y, quejosamente, se sentaban en una cercana terraza en la que, calladamente y a sorbos pequeños, bebían dos refrescos que acababan por calentarse.

De vuelta a casa, en silencio comían el primer plato y en silencio finalizaban el segundo. Una reparadora siesta les aguardaba después de comer, mientras un pesado silencio se adueñaba de la casa.

Al despertar, silenciosamente se sentaban en el salón, ocupando los mismos sitios que venían haciendo durante los últimos treinta y cinco años. En silencio, veían un programa tras otro sin molestarse en discutir, comentar o abrir los labios.

Llegada la noche, en silencio se desvestían, se ponían los pijamas, se acostaban y apagaban la luz, olvidándose sencillamente de darse las buenas noches.

Al día siguiente, Marcelo no se despertó a la hora acostumbrada, ni a ninguna otra… Mientras, Francisca veía en silencio las noticias en el salón, mojando las galletas en el café…

 

 

Sangre Vs Sangre

sangrevssangre

  • Para… Para ya… ¡Te he dicho que pares!
  • ¡Qué te pasa!, ahora no me vengas con cuentos ni hostias…
  • ¡Paco, me estás haciendo daño!

Y no pudo decir mucho más. El puñetazo en el estómago vació de aire sus pulmones, sus labios boqueaban tratando de ganar algo de oxígeno, mientras el dolor se iba adueñando de su entrepierna…

Aquella noche, María llegó a su casa sin ganas de cenar, ni de hablar con sus padres, ni de dormir. Aún sentía el dolor en su vagina, los moratones en las piernas y en los brazos, su cara magullada … Pero, más allá del dolor físico, sentía que algo se había roto en su interior. Vergüenza, culpa, rabia…, sentimientos que se agolpaban en su cabeza dejando una sensación de vacío y miseria.

  • María, ¿te encuentras bien? – preguntó su padre tras la puerta.
  • Sí, papá. Sólo estoy un poco cansada.
  • ¿Quieres que te traiga algo?
  • No, gracias. Voy a dormir un poco y se me pasará.

Su padre moría un poco cada vez que su hija estaba triste. Dejó que descansara y, pasadas unas horas, subió a ver cómo se encontraba. Y la vio. Vio aquellas señales, vio aquel ojo amoratado, vio todo su sufrimiento…, y no dudó.

A la mañana siguiente, María vio una nota de su padre sobre la mesilla de su habitación: “María, ha llamado tu amigo Paco. Dice que le ha surgido una oportunidad increíble en el extranjero y se ha tenido que marchar urgentemente. Me ha pedido que le disculpes por no despedirse”.

Mientras María todavía trataba de asimilar aquel mensaje, su padre guardaba en una bolsa toda aquella ropa ensangrentada.

 

Dolor en la mirada

Como cada día, María seguía la misma rutina. A las cinco de la mañana, sonaba el despertador; una rápida ducha, un café solo bien cargado y a las cinco y media salía de su casa. Treinta minutos después llegaba a la estación, donde, si no había retrasos, conseguía alcanzar el primer tren de la mañana.

En los cuarenta minutos que duraba el trayecto, aún podía dar alguna cabezada reparadora, hasta que, cuando llegaba a su destino, se apeaba y emprendía un nuevo paseo de otros veinte minutos hasta llegar a su destino.

Y allí esperaba. Algunos días la espera era breve, diez o quince minutos, pero había mañanas en los que, por alguna circunstancia, el tiempo se alargaba más allá de la media hora.

Aquella mañana no se dio mal. Diez minutos después de su llegada, Alicia salía de su portal, tan alegre como siempre, despierta, vivaz, con una energía que hacía brillar sus ojos azules en aquel hermoso rostro.

Con su mochila al hombro, caminaba hacia el colegio, adelantando con paso firme a los transeúntes que poblaban las aceras. Una mujer la observaba desde la distancia, escondida entre la multitud, con unos ojos tan azules como los suyos y con el dolor en la mirada de quien abandonó a su hija al nacer.

LA ÚLTIMA MENTIRA

mentira

– Lo siento de verdad, Juan.

– Doctor, dígame la verdad, ¿cuánto tiempo me queda?

– Siendo optimistas…, tres meses.

Tres meses… Tres meses para dejar de ser consciente de su enfermedad y pasar a ser un muerto en vida, seis meses para olvidarse de sus recuerdos, de su vida.

Al regresar a casa, su mujer le estaba esperando.

– Juan, ¿dónde has estado? ¿Cómo es que vienes tan tarde?

– He estado…, he estado hablando con un abogado. María, quiero que nos separemos.

– Pero Juan…, ¡estás loco! ¿A qué viene esto?, ¿qué te ha pasado?, ¿qué ocurre, Juan?

– Nada, María, sólo que… ya… no te quiero.

Sabía que esa mentira sería lo último que recordaría.