REFLEXIONES DIARIAS (LXIX)

Se miraba en el espejo y veía cómo las canas comenzaban a clarear su cabello. Tendría que ir sin falta a la peluquería. Este mes había echado más horas limpiando y planchando y se lo podría permitir.

– Mamá, en el colegio nos han dicho que vamos a hacer una excursión a una granja.
– ¿Sí?, ¡qué bien!
– ¡Sí! Lo que pasa es que hay que pagar 10 €. ¿Puedo ir?
– ¿Tú quieres ir, hija?
– ¡Sí! Van todas mis amigas, por favor…
– Vale…, pues irás.

Total, se cortaría y teñiría el pelo ella misma, una vez más…

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REFLEXIONES DIARIAS (LXVIII)

– No sé cómo voy a salir de ésta…
– No te preocupes, verás como todo sale bien.
– No creo. Les he visto y tienen la mirada inyectada en sangre, quieren acabar conmigo.
– ¿Por qué?, ¿qué motivo tendrían?
– ¡Ninguno, lo sé! Yo no he hecho nada, pero aun así quieren mi sangre…
– No les provoques, no les des ningún motivo.
– No lo he hecho. Pero tampoco lo hicieron mis padres, ni mis hermanos, ni otros muchos amigos, y sabes muy bien cómo acabaron… Creo que es el final…

Y agachando la cerviz, el toro ponía rumbo a la plaza, donde una turba lo esperaba…

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REFLEXIONES DIARIAS (LXVII)

La paremiología es la ciencia que trata sobre los refranes y proverbios, y Alberto Planas era su principal representante. Era el fundador (y único miembro) de la Asociación de Paremiología Española, y lo llevaba con mucho orgullo.

– Buenos días, don Alberto. ¿Lo de siempre?
– A buen entendedor, con pocas palabras basta.

Y se marchaba de la tienda con sus dos barras de pan.

En su trabajo no tenía ningún problema con esta afición. Era profesor de Lengua y sus alumnos estaban acostumbrados a frases del tipo “Martínez, no diga nada si lo que va a decir no es más hermoso que el silencio”, o “Ramírez, si una persona le llama elefante, no le haga caso; si se lo dicen cien, mírese al espejo”, frases que dejaban a sus alumnos de una pieza.

En su vida sentimental, no todo era tan sencillo. Todavía recuerda la conversación que mantuvo con su exmujer:

– Alberto, tenemos que hablar.
– María, dos no discuten si uno no quiere.
– ¡Basta! ¡No lo aguanto más!
– La paciencia es la madre de la ciencia…
– ¡Vete a la mierda! ¡Te he puesto los cuernos con el vecino, para que te enteres!
– Quien promete amor eterno, desconoce los cuernos…

Desde aquel día estaba sólo y con un continuo dolor en la entrepierna.

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REFLEXIONES DIARIAS (LXVI)

Un año entero preparándose las oposiciones para que, a la hora de la verdad, le traicionaran los nervios.

La prueba de matemáticas no le había salido del todo mal, y en literatura había conseguido defender decentemente la evolución del teatro de posguerra. Pero donde había patinado había sido en física y, sobre todo, en inglés. ¡Escuchar una grabación durante 10 minutos, preparar un resumen de quinientas palabras, exposición oral durante diez minutos! No estaba preparada para una prueba tan difícil.

Sinceramente, los López se habían pasado con las preguntas de la oposición. ¡Total, si era para limpiar y planchar tres o cuatro horas a la semana!

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REFLEXIONES DIARIAS (LXV)

Se conocieron en un chat juvenil de internet y, desde hacía más de dos meses, pasaban largos ratos charlando de todo lo que se les ocurría.

Cuando su madre se acostaba y su padre se encerraba en su despacho a trabajar, lolita2005 iniciaba la conexión. 

Aquella noche, su relación virtual dio un paso más.

Lolita2005: Ya estoy acostada, ¿y tú?
Elgrangatsby: Yo también. ¿Te acuestas con pijama?
Lolita2005: Sí, uno corto, de verano.
Elgrangatsby: Déjame verlo…
Lolita2005: No, que me da vergüenza.
Elgrangatsby: Anda, y yo te enseño el mío.
Lolita2005: ¿También llevas pijama?
Elgrangatsby: No, me acuesto desnudo.
Lolita2005: ¡Jajajaja! ¡Venga! Pero lo enseñamos los dos a la vez.

A dos habitaciones de distancia, en su despacho, Elgrangatsby comenzaba a desnudarse frente a la pantalla de su ordenador.

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REFLEXIONES DIARIAS (LXIV)

Sin duda, había trabajos que nadie querría hacer, trabajos que nunca estarían bien pagados. Y uno de ellos era el suyo.

Aguantar los rigores del verano, con cuarenta grados a la sombra, vestido con frac y con sombrero, o dar largos paseos por calles y caminos intransitables siguiendo a su presa, eran aspectos que podía llegar a soportar. Pero lo verdaderamente insufrible eran las miradas de los niños. Sobre todo cuando te presentabas en su cumpleaños, siguiendo a su padre, y tu sola presencia hacía que se cortara hasta el merengue de la tarta.

Hoy tenía un nuevo servicio. Vestido impecablemente con su frac, su sombrero y su maletín, allí estaba él, en el velatorio de aquella buena señora, aguantando las miradas de familiares y amigos. Sin duda, había trabajos que nunca estarían bien pagados…

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REFLEXIONES DIARIAS (LXIII)

Joaquín Gómez llevaba trabajando en el banco quince años y durante los últimos cinco se había ofrecido, voluntariamente, a realizar la declaración de la renta a sus clientes más veteranos, aquellos ancianos y ancianas a quienes los números y, sobre todo, los entresijos de la Agencia Tributaria les mareaban y confundían.

– Señora Amparo, firme aquí. Ya está terminada y lista para presentar. Únicamente tendría que pagar mil doscientos euros, porque le he aplicado las tasas de descuento interterritorial y el baremo Walter Strauss, para que le salga más económico.

– ¡Ay, hijo! ¡Cuánto sabes! ¡Menos mal que te tenemos! ¡A saber cuánto tendríamos que pagar si no la hicieras tú! ¿Te traigo el dinero en efectivo, como siempre?

– Sí, señora Amparo. Así el trámite es más rápido.

Cuando se marchó, Joaquín tiró a la basura la declaración de la señora Amparo.

lxiii– Buenos días, señor Julián. Aquí tengo su declaración…