REFLEXIONES DIARIAS (LIX)

– Te toca a ti, Juan, a mí me tocó el mes pasado.
– Ya, pero yo lo hice hace dos meses y me quedé sin vacaciones. No compares, lo mío fue mucho más duro.
– ¡Tú no sabes cómo fue el mes pasado! No podía hacer nada, me sentía como una esclava.
– Pues lo echamos a suertes, si quieres, pero yo no puedo encargarme todo el mes completo, ¡que también tengo que vivir!
– ¡Anda, y yo! ¡Estoy hasta las narices!
– No sé cuánto tiempo aguantaré, te lo juro…
– ¿A cara o cruz?
– Cara.
– Cruz.

Mientras sacaban la moneda, el padre esperaba sentado en la silla de la habitación, sin saber si iría a casa de su hijo o de su hija…

LIX

REFLEXIONES DIARIAS (LVIII)

– ¿Te acuerdas de la entrevista de trabajo que hice hace quince días?
– Sí, ¿qué tal?
– ¡Me han cogido! Empiezo mañana mismo.
– ¡Qué suerte!
– ¡Sí! El horario es bueno, de ocho de la mañana a doce de la noche, y sólo tengo que pagar dos mil euros. Además, me dejan cinco minutos para comer y llevo pañales para no tener que ir al baño.
– ¡Hala! No lo dejes escapar, es un chollo…
– Ya te digo. Tengo que firmar el contrato. ¿A qué día estamos hoy?
– 1 de junio de 2035.

LVIII

REFLEXIONES DIARIAS (LVI)

Como cada martes, Javier salió disparado del instituto hacia la parada del autobús, sin detenerse en despedidas, saludos o bromas de los compañeros. Al llegar a la parada, comprobó desolado que su autobús se acababa de marchar y que el próximo no llegaría hasta quince minutos después.

Sin pensárselo dos veces, se colgó la mochila en la espalda y corrió hacia la boca de metro más cercana. Llegó y consultó la hora: las cinco y media, todavía tenía tiempo suficiente.

Seis paradas de metro, un transbordo y tres paradas más hasta llegar a la estación de cercanías, donde tomaría un nuevo tren hasta su destino final.

Al bajarse del tren, comprobó de nuevo la hora: las seis y diez. ¡No le iba a dar tiempo!

Corrió desesperadamente, esquivando personas, motos y coches, hasta que, finalmente, llegó a su destino. Las puertas de la academia de baile se abrieron en esos momentos y las alumnas comenzaron a salir.

Y la vio. Sus miradas se cruzaron y ella le respondió con una sonrisa mientras se adentraba en el coche de sus padres.

LVI

REFLEXIONES DIARIAS (LV)

– Mira, Adrián, qué vistas más bonitas. ¡Sonríe, que te hago una foto!

– ¡Aquí, aquí, Adrián! Con el acueducto al fondo, colócate y verás qué guapo te saco.

– ¡En la puerta de la catedral! Espera, que le pido a alguien que nos saque la foto a los dos…

Después del paseo turístico, María regresó a casa con los pies cansados y el teléfono repleto de fotos. Las fue repasando, una a una: la del paisaje, la del acueducto sin gente, la de la puerta de la catedral en la que María sonreía solitaria a la cámara…

 

LV

REFLEXIONES DIARIAS (LIV)

Cuando era pequeña, Julia tenía un hermano imaginario al que colmaba de atenciones. Le preparaba pequeños desayunos y le reservaba los mejores manjares en la comida.

Ya en la adolescencia, comenzó teniendo temporales novios imaginarios, los cuales nunca asistían a las fiestas con los demás amigos porque siempre estaban de viaje, o se encontraban enfermos o, lamentablemente, habían cortado la relación en los días anteriores.

A los treinta años celebró en secreto una boda imaginaria y contrajo matrimonio con un esposo imaginario. Disfrutó de una luna de miel imaginaria y tuvo dos hijos imaginarios. Nadie pudo conocer jamás ni a su marido ni a sus hijos, porque, como ella misma explicaba, se marcharon a estudiar al extranjero y su marido estaba continuamente de viaje.

A los cincuenta años se convirtió en viuda imaginaria, por culpa de un desgraciado e imaginario accidente de avión en el que viajaba su marido.

A los setenta años le visitó la única compañera real de su vida: la muerte.

LIV

REFLEXIONES DIARIAS (LIII)

– Papá, ¿cuándo viene mamá?
– María, mamá ha tenido que irse de viaje, pero estará aquí la semana que viene.

La pequeña María pasó la semana haciendo dibujos y dedicatorias para su madre, preparándole una gran sorpresa.

– Papá, ¿hoy viene mamá?
– Sí…, hija, creo que vendrá esta noche.
– ¡Bien! Voy a hacerle otro dibujo.

Y llegó la noche. Al día siguiente, María se despertó pronto.

– ¿Ha venido mamá?
– María…, vino esta noche pero estabas dormida. Te dio un beso y dejó estos regalos para ti. Ha tenido que marcharse otra vez…
– Jo…, ¿y cuándo viene?

El padre secaba una lágrima mientras pensaba una nueva excusa. Todavía era pronto para decirle que su madre les había abandonado.

LIII